Recuerden que yo llegué a Arjona con diez años y once días de edad. Para entonces, mi papá ya consideraba que mi hermano y yo estábamos en la edad ideal para trabajar. Y cuando me refiero a trabajar, no es precisamente un eufemismo: era de verdad hacer labores que solo eran aptas para adultos.
A los diez años, el suscrito ya sabía enrejar, ordeñar, montar a caballo y, por ende, jardear; conducir tractores, incluso vacunar, y casi todas las actividades de la finca, porque don Eloy tenía como máxima que él había empezado a trabajar a los nueve años y, por ende, no iba a criar flojos.
Ese año, en diciembre de 1983, ya tenía once años. El año anterior, es decir, el año en que llegamos a las nuevas tierras, el Niño Dios no llegó. Me imagino que, como no se le notificó el cambio de dirección, no sabía que ya no estábamos en Brasilia y muy probablemente fue a dejar el regalo allá y no nos encontró.






