Desearía abrir mis ojos aún somnolientos con el primer canto del canario cuando aún no amanezca del todo; y en ese momento agradecer a quien sea el haber olvidado cerrar la ventana la noche anterior. Ver desde mi lecho mi propia aurora boreal, aunque fuera al amanecer; al fin y al cabo, ¿quién ahora se atrevería a decir que las auroras se dan solamente en algún sitio frío específico o en algún horario en especial? Ahí afuera con seguridad está la diosa romana del amanecer, aunque nadie me crea.
Observo cómo un tibio rayo del sol ilumina a la pequeña ave cantora, posada en una de las ramas del árbol de guayabo florecido en tornasol, igual que los demás árboles del patio. Aunque ya había olvidado el olor de las flores e incluso el color de estas. A través de la ventana, siento que el tiempo discurre con lentitud y hace presencia la primavera, la estación que adorna y embellece todos los espacios, aunque sean tristes, aromatizando el ambiente con el olor del dulce néctar de sus flores, pero también con el sabor del inicio de un final que a todos nos llega.
Siempre quise vivir en un país en donde se dieran las cuatro estaciones y, a pesar de que en mi jardín he plantado rosas, cayenas, girasoles, cartuchos, margaritas y hasta cuelgan unas cuantas orquídeas y otras flores que caen como campanas multicolores desconociendo su nombre, había soñado con un jardín más colorido, uno que se extendiera más allá del patio, que se regara como río en las aceras y cubriera los andenes de las calles del pueblo; añorando esos senderos japoneses con aquellos hermosos colores que cubren los árboles de cerezos a la vera del camino. Jamás los he visto en otro lado, ni siquiera en la Sierra.
Esa primavera siempre la anhelé y no solamente por sus flores, por los colores, por los aromas desprendidos en el aire; la anhelé también por todo lo que componía y acompaña la estación: los pájaros volando alto en bandada y muchos otros entre los árboles florecidos; los colibríes multicolores con sus tarareos agudos y con sus maravillosos y acelerados aleteos, llegando a succionar de flor en flor el néctar de las mismas; y ni qué decir de las mariposas. Aunque casi siempre revolotea una que otra en cualquier tiempo, en primavera se ven por miles, cubriendo el pequeño espacio de cielo en los patios, y no solamente llegan amarillas: ahí se pueden observar azules, verdes, violetas, café, negras y rojas, como grandes gotas de sangre, revoloteando en el aire dulce; dulce que atrae también tanto a las avispas como a las abejas, intercalando sus zumbidos con el canto de las aves y con el sonido del aleteo casi imperceptible de las mariposas, como si aplaudieran en su efímera marcha entre las flores. Es mi estación preferida, sin duda alguna.
El sol empieza a asomarse, aunque con pereza, y clarea más el espacio. El canario vuelve a cantar, pero esta vez su canto es más largo, y entonces ahí sé que siempre el pájaro me habló. En la dulce y corta melodía dice todo cuanto oír quiero: me habla de amor, de dolor, de alegría y de tristeza; se ríe y yo, desde mi lecho, también sonrío; me cuenta mil anécdotas en tan solo unos segundos y al fin comprendo lo que el poeta quiere decir: que el tiempo no existe. Me vuelve a cantar y sé que se va. Le pregunto a dónde, pero él no contesta. No lo veo volar, pero la rama del guayabo se agita hacia arriba y hacia abajo, ahora sola, sin compañía. Suspiro y aprecio la aurora que surge y oigo ahora a lo lejos el canto de mil pájaros, pero entre ellos no escucho el de él.
Me sorprende ver que puedo mover mis dedos, pero ya no me alegro. Empiezo a estirarlos y levanto mis manos, observándolas como lo hace un recién nacido en su curiosidad inocente. Parece que flotara en aquel espacio inundado de múltiples fragancias que se cuelan por la ventana desde el patio al amanecer. Cada olor me hace recordar, cada recuerdo me hace sonreír, pero también cada recuerdo me hace lagrimear; haber olido el aroma de los nardos, los mismos que había llevado cada año en todos los días de los muertos a la tumba de su madre. Pero no me entristecí esta vez; al contrario, sonreí con emoción.
Por Jairo Mejía





