Mi imprevista mudanza al hogar de doña Laura y don Alonso, además de oportuna, también fue placentera por su ubicación en el barrio San Antonio, sector mágico en una meseta del occidente de Cali ataviada con atributos maravillosos, tales como un agradable microclima, arquitectura antigua con una emblemática capilla de modelo barroco y un amplio mirador de paisajes hermosos, cercano a la calle quinta (entonces la más amplia y transitada de dicha ciudad), cuya gente seduce con su benevolencia y su sui géneris manera de hablar: por ejemplo, “Mira, ve”. “Al que quiera más, que le piquen caña”, expresión popular muy usada en la ciudad de Cali.
A mi hermana Herlinda le comuniqué los pormenores de mi estancia en Cali y que, por ende, requería dinero lo más pronto posible. Días después, mi hermana me giró trescientos pesos; de este dinero, doscientos pesos me los regaló mi amigo Bernely López Mieles, quien se enteró de mi mala situación a través de Rigoberto Freite, entonces novio de mi benefactora hermana. A doña Laura le entregué el regalo altruista de Bernely, a quien siempre le presté atención médica esmerada y gratuita mientras ejercí la profesión médica.
Doña Laura tenía dos sobrinas; una se ennovió con Jorge Acosta Valle, mi compañero de estudio y vivienda. La otra sobrina, conmigo. Ambas quedaron embarazadas casi simultáneamente. El 6 de enero de 1971 nació mi hija María Fernanda Romero Muñoz, quien en su niñez fue criada en Valledupar por mi madre. En este año tuve mi peor crisis económica —afortunadamente la última—, que superé valiéndome de las inundaciones por lluvias ocurridas en el departamento del Cesar cuando ‘Toño’ Murgas Aponte (q. e. p. d.) fue su gobernador, episodio narrado en una de mis columnas publicadas en este periódico el 21 de mayo de 2020.
Por el suceso de los embarazos me mudé a un apartamento a pocas cuadras del Hospital Universitario, alquilado por cuatro compañeros de estudios: Carlos Salgado Montoya (q. e. p. d.), Roberto Rivas Cotes, José Ordosgoitia Díaz (q. e. p. d.) y Boris Burgos Zapata, todos oriundos de la región Caribe de Colombia. En el trayecto entre mi nuevo albergue y dicho hospital, vi caer a una señora mayor de edad y rápidamente la ayudé a levantarse; cariñosamente me dio las gracias y me pidió que la acompañara hasta su casa, al frente de donde había trastabillado.
Me preguntó qué hacía yo y, cuando le conté que era estudiante de Medicina, me dijo que si le podía hacer el favor de recomendarle un buen médico para el tratamiento de la hipertensión. Yo mismo la llevé al consultorio privado del doctor Jorge Araújo Grau, mi profesor de Medicina Interna, quien le generó una grata impresión a la señora Esther; así se llamaba mi amiga en ciernes, pues esta señora fue muy bondadosa conmigo debido a que yo le medía la presión arterial como lo había indicado el médico y ella, como reciprocidad, me compraba los textos de medicina que mis profesores me sugerían leer. Antes, por carencia de dinero, solo estudiaba en los libros de la biblioteca de la universidad; además, me proveía dinero extra para mis gastos cotidianos.
Entonces, el decano de la facultad de Medicina de la Universidad del Valle era Jairo Cruz, natural de Tuluá, Valle del Cauca. Con este decano establecí amistad porque yo le traía encomiendas a su hermano, que vivía en Valledupar, cuya esposa fue una de las personas que el 5 de febrero de 1972 falleció en el siniestro de uno de los aviones de Transportes Aéreos del Cesar (TAC). A Jairo Cruz le solicité su influencia para que a mi amigo y paisano Elmer Ortega Montero, estudiante de Medicina de la Universidad del Cauca, le permitieran el traspaso a la Universidad del Valle. Su promedio académico fue lo principal para que se materializara su traslado.
El día de mi graduación como médico y cirujano —así está escrito en el diploma que me otorgó la Universidad del Valle— amanecí bastante triste porque ningún familiar me acompañaría. Ese mismo día llegó Marcelo, el más fraternal de mis hermanos, y felices nos abrazamos y lloramos por el logro de mis sueños.
Por: José Romero Churio
