Hay voces que se escuchan y se olvidan. Hay otras que, después de apagarse la última nota, permanecen viviendo en algún rincón secreto del alma. La voz de Marina Quintero pertenece a estas últimas. No es simplemente una voz que canta: es una voz que recuerda, que conmueve, que acaricia al pasado y que parece conocer, antes que nadie, los caminos misteriosos del corazón.
Por eso, al escucharla interpretar una canción vallenata, uno comprende que cantar no consiste únicamente en alcanzar una nota, seguir una melodía o respetar un compás. Cantar es sentir. Interpretar es hacer sentir. Y Marina Quintero convirtió este principio de la interpretación en un arte superior.
Su cadencia tiene algo de confesión; su entonación, algo de plegaria; el dejo de su voz parece recoger la nostalgia de los caminos, el amor perdido, la alegría de un encuentro y hasta la tristeza que uno no sabe que lleva consigo. En cada caída de su voz hay una historia. En cada pausa, un recuerdo. En cada suspiro, una emoción.





