Independiente al credo que se profese, leer la encíclica del papa León XIV resulta necesario para intentar comprender, al menos un poco, la realidad de la humanidad ante el avance tecnológico y a lo que se enfrenta el ser humano por su innata curiosidad y ansia de aprender, aunque con ello cause su propia destrucción.
Si bien es cierto que hay buenos maestros que imparten explicaciones satisfactorias, produciendo inquietudes, transmitiendo intranquilidades e invitando a pensar, también es cierto que existen otros que permiten que el aprendiz sucumba ante la ola que llega de forma inesperada y que lo arrastra inclemente sin tener una mano que le permita estar en pie en la inmensa playa desde donde puedes aprender viendo el horizonte que puede traernos de todo, todos los días, o a veces nada.
En anteriores ocasiones, mis apreciados lectores, he escrito sobre Pandora, un mito que me encanta, teniendo en cuenta la vulnerabilidad del hombre ante su infantil curiosidad sobre las cosas. Pues bien, creo que el contenido de la caja que la contiene puede hacerse menos temible y que podemos lograr una vida material más humana si comprendemos mejor la producción de las cosas, pero no se puede considerar a la tecnología como un enemigo, pues solo se conseguiría con ello dejar más indefensa a la humanidad.
El papa León XIV en su encíclica no ataca a la Inteligencia Artificial como se pretende hacer creer, no, para nada. Su alusión a ella solo pretende que el hombre haga buen uso de la misma, pues de ello depende el futuro de la humanidad y evitar la deshumanización que vemos, con preocupación, cada día que pasa; siempre es bueno dejar a la humanidad en su conjunto el máximo poder posible para controlar el mundo y convivir con él de acuerdo con su conocimiento y sus valores. Por ello, se debe confiar en la capacidad del hombre para entender las condiciones materiales en las que vive, así como en que la acción política puede fortalecer la voluntad de la humanidad de ser dueña y señora de las cosas, las herramientas y las máquinas que crea.
El llamamiento que la Iglesia hace a custodiar una magnífica humanidad habitada por Dios promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz debe ser escuchado hasta por los escépticos de los credos, pues se trata de cuestiones elementales que mantienen a la humanidad vigente en el universo de las cosas y que permiten la convivencia de los hombres. El llamado a relanzar el diálogo y el multilateralismo debe ser escuchado en estos tiempos de zozobra e incertidumbre. La idea es que todos los hombres podamos construir en el bien y permanecer humanos, siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que el mundo pueda reconocer en el corazón del ser humano el lugar donde podamos habitar en paz con nosotros mismos.
Algo que comparto con lo manifestado en la encíclica papal es cuando se refiere a que se necesita un código ético compartido sobre la Inteligencia Artificial, algo que ya había sido advertido por el Papa Francisco. La tecnología más potente no es necesariamente la mejor; la Inteligencia Artificial puede imitar y simular al hombre, eso es cierto; pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. Por lo tanto, es necesario abordar la Inteligencia Artificial con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y, lo más importante, la educación de los usuarios.
Sin duda, sobre todo, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque no sirve una Inteligencia Artificial más moral si esa moral la deciden unos pocos.
La magnífica y, sin embargo, herida humanidad no debe ser sustituida ni superada. La tecnología puede aliviar nuestros sufrimientos y abrirnos nuevas posibilidades, pero no debe negarle a la “magnífica humanidad”, mis queridos lectores, la capacidad de relación y de amor.
Por: Jairo Mejía
