COLUMNA

Poncho y Emiliano

Poncho y Emiliano dejaron de pertenecer únicamente a dos hombres para convertirse en una manera de entender la vida, preservando con su música la memoria, la amistad y la esencia del verdadero vallenato

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Poncho y Emiliano. Dos nombres que dejaron de pertenecer únicamente a dos hombres para convertirse en una manera de entender la vida. Son, a mi juicio, las figuras más grandes del folclor vallenato de todos los tiempos, sin que ello signifique apartarme, ni por un instante, del respeto y la gratitud hacia aquellos juglares anónimos que, sin proponérselo, sembraron la semilla de esta expresión cultural que hoy representa la esperanza, la memoria y la identidad de toda una región.

Yo crecí cerca de ellos. No desde la distancia del admirador que contempla el brillo de un escenario, sino desde la cercanía silenciosa que otorga la amistad entre los padres, la afinidad por la poesía y la música, y ese privilegio de haber respirado el mismo aire provinciano donde las palabras aún tenían el aroma del café recién colado y los acordes nacían antes que el amanecer.

La vida de estudiantes, la parranda frecuente, los amores furtivos, la falta de recursos para comprar otra botella más de licor que hacía falta en los momentos en los que las emociones sacuden el último rincón de los bolsillos sin fondos de estudiantes de escasos recursos económicos, pero a quienes nunca les hizo falta entender lo que es gozar la vida sin afectar la libertad de los demás y bajo el amparo del respeto familiar que solo lo da la formación entre los humildes de corazón y ricos en sentimientos.

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