Los espejos tienen una virtud que los gobernantes rara vez agradecen: refutan. Devuelven una imagen que no admite discursos, ni aplausos, ni consejos de ministros. Los políticos prudentes los consultan de vez en cuando; los providenciales prefieren los auditorios.
Gustavo Petro gobernó siempre frente a un público. Nunca frente a un espejo. Desde el primer día dio la impresión de sentirse más cómodo interpretando la Presidencia que ejerciéndola. Descubrió muy pronto que gobernar desgasta, mientras polemizar entona. Y convirtió el poder en un debate interminable donde él era, al mismo tiempo, expositor, contradictor y juez.
Nunca un lápiz alcanzó semejante dignidad republicana. Lo empuñaba con la gravedad de quien parecía dispuesto a corregir la Constitución, la economía, la historia y, si el tiempo alcanzaba, algún error de Aristóteles y hasta de Marx. El país esperaba decisiones; el Presidente prefería hacer anotaciones. X su preferida.





