Esa noche llegamos a Los Venados con la camioneta repleta y con la expectativa de lo que sería nuestra vida en las nuevas tierras. Yo, por supuesto, no veía la hora de contarles a mis hermanos toda la aventura que habíamos vivido, la travesía que habíamos hecho por aquel enorme río, lleno de toda clase de pescados y fauna silvestre que nunca había visto, al menos no tan de cerca.
Es importante que el lector tenga en cuenta que estas historias son narradas y vividas desde la mente de un niño de nueve años; por ende, todo parecía enorme, fantástico, inexplorado y, por supuesto, extraordinario y lejano, porque para la mente de un adulto no hay más que caminos comunes y corrientes, ríos y distancias que, en realidad, no eran tan largas.
La siguiente semana, mi papá hizo el otro viaje prometido a los señores Mosquera y Ballestas, propietarios de El Retiro, dos fincas unidas en un solo predio cuyas tierras serían nuestro hogar durante los siguientes tres años. Recuerdo que esa misma semana, luego de regresar de Arjona otra vez con la camioneta llena de comida de toda clase, tuve mi primer contacto con el mango como fruta en abundancia y, desde entonces, nació una relación entre él —Su Majestad el Mango— y yo que ni el tiempo logró romper.





