En ocasiones sentimos una profunda tristeza, depresión o ansiedad por situaciones que dividen nuestra vida en dos, sin aparente lógica o explicación. No existe psicólogo, psiquiatra, medicamento o meditación que nos permita aceptar, comprender o continuar con nuestra vida después de la muerte de un ser querido, que además de llenarnos de dolor, llega con sombras como la culpa o el arrepentimiento.
Si soy una buena persona, ¿por qué me ocurren cosas malas? Si mi hijo era muy joven, ¿por qué tuvo que morir? Si mi padre era tan bueno, ¿por qué se fue tan pronto? En ocasiones olvidamos que llegamos al mundo sin haberlo pedido y nos vamos sin haberlo deseado; y todo lo que ocurre entre ambas fechas son milagros que no buscan ser explicados. Si tu vida está basada en Dios, y crees a viva voz que no se mueve ni la hoja de un árbol sin la voluntad de Dios, comprenderías que no existen situaciones malas: tan solo es Dios mostrándonos una vida diferente con cada cambio que hace en nuestro camino. Es difícil comprenderlo y aceptarlo, sí, pero cuando una vida se va, significa que quienes se quedan una nueva vida deben iniciar.
A veces Dios nos quita para que veamos cosas e interactuemos con situaciones que, sin habernos alejado de aquello tan querido, jamás lo hubiésemos hecho. La creación de Dios lo incluye todo, y cada regalo que obtenemos, así como la vida que se nos ha dado, es un obsequio con fecha de caducidad, la cual no conocemos, porque Dios desea que nuestra mirada esté en él, y no en los obsequios que nos da.
Aseguramos que todo lo que nos llega son regalos de Dios: hijos, padres, hermanos, amigos… todo viene de Dios. Pero cuando uno de esos regalos vuelve a Dios, nos olvidamos de las demás creaciones de Dios; nos olvidamos de nosotros mismos, que también somos creación de Dios y estamos vivos con un propósito precisamente relacionado con Dios, no con nuestros deseos, apegos, creencias o necesidades. Aunque suene duro, a veces Dios nos quita una de sus creaciones para que veamos y nos ocupemos de otras.
Llegamos al mundo sin planes y aseguramos confiar en Dios, pero vivimos con el deseo de controlarlo todo, siendo rígidos y estrictos ante la creación de un Dios que consideramos amoroso; pero, aun así, el miedo y la inflexibilidad se apoderan de nuestro corazón y de nuestra vida, a tal punto que llega Dios a cambiarnos los panes. Sin planes vinimos y sin planes vivimos, ya que cuando partimos, los planes se acaban. Muchos nos podemos preguntar el porqué le va mejor a aquellas personas que viven más confiadas, relajadas y sin tanto complique, y la respuesta es muy sencilla: viven conforme a la creación de la vida que Dios nos ha dado, y es que no tenemos el control; el control lo tiene Dios.
El funcionamiento de nuestro cuerpo es una muestra de la creación de Dios, y ya sabemos que entre más ansiedad, estrés o depresión, más enfermedades padecemos. Con la vida ocurre lo mismo: entre más estrictos y severos somos, más sufrimiento padecemos. Dios desea que vivamos con confianza y alegría, no por los regalos que nos da, sino por la confianza en él. El mundo entero es una creación de Dios y, a veces, por estar añorando una de sus creaciones, nos olvidamos de millones que aún existen, incluyendo nuestra propia vida. Cada quien decide si añorar regalos perdidos o disfrutar aquellos que Dios nos envía cada día.
Por: María Angélica Vega Aroca
