Nos despedimos de don Prisciliano y de su esposa para regresar al puerto y emprender el regreso hacia Los Venados, pues ya estaba cayendo la tarde y no queríamos viajar de noche. Cuando llegamos a donde estaba atracado el Johnson, había una carga enorme de plátanos, patillas, mazorcas de maíz verde, gajos de corozo, yuca, ahuyamas, cocos, entre otros regalos que la pareja de ancianos nos había preparado. Todo eso, regalado.
Cargamos todo al bote con el temor de que no pudiera con toda la carga adicional que llevábamos. La verdad es que, durante el viaje de regreso, el bote iba tan pesado que el agua alcanzaba a rozar el borde de la popa y amenazaba con inundarlo. La destreza del canoero para compensar el peso y mantener el equilibrio era toda una proeza.
Una vez en el puerto, aún había una romería de pescadores y compradores que terminaban la faena del día. Mi papá se acercó a uno de ellos y le pidió que le “acomodara” unos pescados para llevar.
