Durante la campaña presidencial, Abelardo de la Espriella no habló de los “nadie”. Habló de los “nunca”. No fue un desliz del lenguaje ni una simple licencia retórica. Fue una construcción política cuidadosamente concebida para expresar una manera distinta de entender el acceso al poder.
Los “nadie”, convertidos en emblema por el gobierno de Gustavo Petro y por la entonces vicepresidenta Francia Márquez, reivindicaban a quienes la historia había relegado por razones sociales y económicas. Los “nunca”, por el contrario, parecen identificar a quienes, aun acreditando preparación, experiencia y méritos, nunca habían sido llamados a gobernar porque permanecían por fuera de los circuitos tradicionales de la política y de la burocracia.
La diferencia no es semántica. Es una concepción distinta del mérito. Mientras una narrativa pone el acento en el origen, la otra lo hace en la capacidad. Ambas buscan renovación, pero parten de presupuestos diferentes.
