COLUMNA

El progreso del Valle, ¿desde qué mentalidad?

El abogado y columnista Jesús Daza Castro reflexiona sobre el verdadero significado del progreso en Valledupar y el Valle, planteando que el desarrollo no depende únicamente de las obras o la economía, sino de una visión compartida de ciudad, sustentada en principios éticos, culturales y ciudadanos

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La palabra progreso habita entre nosotros con la constancia y la familiaridad de un viejo conocido al que saludamos a diario, pero cuyos ojos ya no nos hemos detenido a mirar. En el Valle contemporáneo, este vocablo resuena en los discursos, decora los planes de gobierno y estimula las conversaciones de café como si su significado fuera unívoco, una certeza matemática e incuestionable. Empero, detrás de su aparente solidez se esconde una de las abstracciones más complejas de la historia del pensamiento. Hemos convertido el progreso en un fetiche verbal, en un destino geográfico al que todos aseguran dirigirse, olvidando que, antes de ser un indicador económico o una acumulación de cemento, el progreso es un dilema de la imaginación. La prisa por alcanzarlo nos ha privado de la pausa necesaria para formular una cuestión esencial: ¿qué estamos entendiendo realmente cuando afirmamos que una sociedad avanza?

La tesis que propongo es que el progreso constituye, fundamentalmente, una arquitectura de la mente. Antes de materializarse en las avenidas, en los presupuestos públicos o en las fachadas que transforman el paisaje urbano, el porvenir existe como una representación interna, un mapa invisible que una sociedad traza para otorgar sentido a su destino colectivo.

De ahí que el territorio no sea una realidad idéntica para cada uno de sus habitantes. Dos miradas pueden posarse simultáneamente sobre las mismas calles del Valle, contemplar idénticos atardeceres bajo la sombra de los cañahuates y, no obstante, descifrar dos realidades por completo incompatibles. Lo que separa unas miradas de otras pertenece al mundo de las ideas. Cada ciudadano observa la misma geografía, pero la interpreta desde un universo distinto de convicciones. La ciudad material permanece allí, inmutable para todos; cambia, en cambio, el significado que cada conciencia le atribuye. En esa tensión entre interpretaciones se va tejiendo la vida colectiva y se libra, casi siempre en silencio, la disputa por definir qué merece llamarse progreso.

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