Después del banquete en la mesa de los Marín, debo reconocerles, en secreto de confesión, que hasta ese momento no conocía ninguna clase de pescado, salvo las sardinas enlatadas que vendían en la tienda del cachaco Darío o en el depósito de don Serafín Plata, en Bosconia. Pero esos pescados que iban directamente de la atarraya al caldero eran la primera vez que los probaba. Súmenle a eso la forma como sirvieron el almuerzo: sobre un mesón de madera cubierto, de lado a lado, con hojas de plátano. Se podría decir que ese fue el primer bufé de mi vida. Con decirles que pellizqué un pedacito de cada variedad y todo lo que sobró, que fue bastante, terminó en una canoa de madera donde servían la comida para los marranos y los perros. Estos últimos se acercaban, olían la comida y se apartaban con cara de asco. Figúrense eso.
Una vez terminamos de almorzar, regresamos al puerto y alquilamos un Johnson (una canoa con motor fuera de borda). Íbamos mi papá, el guía, un acompañante que hacía las veces de guardaespaldas, don Humberto, el lanchero y yo. Aquella fue otra experiencia convertida en una gran aventura, porque la última vez que había subido a una canoa —por supuesto, sin motor— fue en el puerto de Tenerife, cuando mi abuelo nos llevaba a pasear. Creo que entonces tenía cuatro años o quizá menos.
Partimos río arriba, rumbo a la desembocadura en Pinogana. Durante el recorrido nos cruzamos con un desfile de canoas tipo Johnson, además de pisingos y toda clase de aves que utilizaban el río como hábitat. Era un paisaje bellísimo: un río que alimentaba, literalmente, a nueve municipios y a más de treinta o cuarenta poblaciones, entre pueblos ribereños y no ribereños, caseríos, veredas y fincas ubicadas a lo largo de su ribera.
