Colombia es una nación que ha aprendido a levantarse entre las ruinas de su propio dolor. Tierra de montañas que se alzan como testigos del tiempo, de ríos que guardan las voces del pasado, de un pueblo que, pese a la adversidad, sigue creyendo en el porvenir.
En busca de y bajo ese anhelo de transformación, surgió la figura de un gobierno que prometió redención, justicia e igualdad. Y esta figura enigmática, con rostro de desilusión y tristeza o tal vez de odio profundo, encarnó, para millones, la idea del cambio histórico.
Nada es más milagroso que una idea que se puso a madurar mucho tiempo atrás y que ya le ha llegado su tiempo de formularse y desarrollarse, y este país pensó que ese tiempo había llegado en cabeza de un patriota, pero aterrizó en un iluso lleno de amor propio con la rebeldía del odio. Y ha sido así como, con el paso de los meses, se reveló una dolorosa paradoja: el cambio prometido se transformó en desilusión.
