Los mensajes que recibimos con dignidad y respeto nos invitan a darle gracias a Dios por la vida y a vivir con optimismo para que nunca nos falte un sueño por realizar, algo por aprender y un lugar para encontrar los caminos de esperanza y prosperidad; pero cuando los mensajes están tejidos de sombra y de soberbia se convierten en apología del odio y el pesimismo.
La decencia del lenguaje es fuente luminosa con alto poder de incidencia en la diversidad del comportamiento humano. La palabra respetuosa es una ventana abierta a las brisas sonoras de la convivencia; pero la palabra ofensiva es una daga al desafío, y si no se tiene el don de la paciencia, la respuesta será con agresividad.
La convivencia comienza con la ética del lenguaje. El profesor francés Michel Lacroix clasifica las palabras en dos categorías: tóxicas y benevolentes. Las palabras tóxicas son las ofensivas, burlescas, las que hieren con mordacidad, y el que está herido espera la oportunidad de convertirse en verdugo y busca a alguien para lanzar sus ataques verbales. En cambio, las palabras benevolentes son respetuosas, edificantes y suscitan la armonía en las relaciones humanas.




