Era inevitable no hablar sobre lo que pasó en Venezuela la madrugada del 2 de enero de este arranque de año. En una acción ilegal y violatoria de lo acordado en la carta de la ONU, Donald Trump invade un país soberano y se lleva a su presidente bajo captura para “hacerle un juicio” en territorio norteamericano, con las leyes norteamericanas, bajo unos cargos que desde la óptica real y sensata parecen pegados con babas. Ojo que sé que a muchos no les va a gustar esta columna.
Que Maduro era un dictador y que ya estaba bueno de su mandato, por supuesto, que se merecía la cárcel y ser juzgado y luego condenado, indiscutiblemente. Pero en lo que no estoy de acuerdo es en las formas. Hoy fue Venezuela, mañana puede ser otro país libre, soberano, incluso elegido con las reglas de la democracia que la comunidad de naciones acepta como válidas y legítimas, pero que bajo el criterio de un país que se arroga el derecho de ser el policía y juez del mundo, no solo deja expuestos a las mismas acciones a aquellos que no se alineen a los propósitos de los apostadores económicos que rodean al gobierno de Trump. Ojo que este señor no es un jefe de Estado, es un negociante con muchísimo poder y además carente de escrúpulo alguno. Y si se detuvieron a ver la entrevista que le hicieron en la rueda de prensa, solo resaltaba una sola frase: “Nuestro petróleo”.
Más allá del júbilo que produce ver al dictador esposado camino a una corte federal y millones de personas que no conocen a Maduro, que no saben dónde queda Venezuela, pero que celebran el fin de un hombre “maligno” y culpable de horrendos crímenes, culpable además del éxodo de millones de venezolanos, y con su juicio y posterior encarcelamiento el fin de todos los problemas de Venezuela, Latinoamérica y medio mundo, la pregunta obligada es: ¿realmente sucederá eso? Yo planteo dos escenarios posibles para el país hermano, y conste que son mis argumentos y respondo por ellos de manera responsable. Primero, cualquier cosa que pase allá, sea cual sea, nos afecta directamente a nosotros por razones obvias, por eso no solo deseo sino que espero que pase todo lo bueno con nuestro vecino para tranquilidad nuestra.
Con el retorno de las empresas norteamericanas a Venezuela a seguir explotando (su petróleo), porque valga decir que es verdad que es de ellos, Chávez no solo las expropió y las expulsó, sino que nacionalizó los recursos, los cuales ya habían sido producto de acuerdos comerciales en el pasado. Si eran justos o beneficiosos para Venezuela no me corresponde a mí juzgarlo, pero de que es su petróleo, lo es. Si la explotación de estos recursos, que son infinitos y no solo se habla de petróleo, se hace con la recuperación de la infraestructura, la puesta a punto de la industria, eso implica inversiones multimillonarias y una movilidad de empleo de mano de obra tanto calificada como no calificada, la activación de servicios de todo tipo para la industria, sumado a infraestructura física, energética, telecomunicaciones, entre otras muchas. Estamos hablando de que Venezuela será en dos décadas o un poco más, lo que fue en los setenta y ochenta y eso, por supuesto, por efecto derrame favorecerá a Colombia, aliviará las crisis de fronteras y descargará la presión migratoria porque muchos querrán volver a su tierra, donde se construye un nuevo futuro.
Y el otro escenario es el más catastrófico y altamente probable, y es el del saqueo puro y duro, muy parecido a lo que le pasó a Irak, Afganistán y Siria, donde solo se derrocaron a los dictadores, se instaló un tubo, se militarizaron los pozos petroleros, pusieron una “administración” tipo protectorado y los países entraron en guerra civil por el poder de los territorios. ¿Puede pasar en Venezuela? Claro que sí, erradicar al chavismo es un papel que requiere años de negociación y de intervención estatal, y además una oposición sensata y que genere confianza a los venezolanos, y ni María Corina, Edmundo o los demás cuentan con esta virtud y el efecto será devastador para todo el país y de paso para nosotros.
Por Eloy Gutiérrez Anaya





