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Las manos de Dios

Hay hombres que tocan un instrumento y otros que, sin proponérselo, consiguen que un instrumento toque las fibras más secretas del alma.

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Hay hombres que tocan un instrumento y otros que, sin proponérselo, consiguen que un instrumento toque las fibras más secretas del alma. Rodolfo Castilla pertenece a esa estirpe de elegidos que parecen haber recibido de la vida unas manos distintas, capaces de arrancarle al cuero de una caja vallenata no solamente sonidos, sino recuerdos, nostalgias y estremecimientos que el corazón reconoce antes de que la razón consiga explicarlos.

En el universo sagrado del vallenato, donde el acordeón charla con los vientos del sentimiento y la guacharaca rasga el tiempo con su rumor campesino, la caja es mucho más que un instrumento de una identidad. Es el latido de un pueblo que aprendió a cantar sus penas, celebrar sus alegrías y contar sus historias bajo el cielo abierto del Caribe. Y en ese universo, Rodolfo Castilla ha construido una manera propia de hablar con la música, como si entre sus manos y el cuero existiera un pacto antiguo, heredado de la sangre y perfeccionado por el milagro del talento.

Quizás su destino —a veces con absurdos y desvíos— comenzó a escribirse mucho antes de que sus dedos conocieran el oficio. Su padre, juglar de este instrumento, murió en pleno festival vallenato. Hay legados que, precisamente en el instante de la despedida, encuentran otras manos para seguir viviendo. En Rodolfo, la memoria paterna es una herencia invisible.

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