Por más que mi madrastra se oponía a vivir en la finca, mi papá terminaba imponiéndose y, al final, regresábamos a vivir al monte. Era un caso perdido: llevaba la tierra en la sangre y su arraigo a ella era imposible de romper. Mi madrastra no entendía que se había metido a vivir con un campesino.
El siguiente año escolar se repitió la repartición de alumnos para los colegios del pueblo. Mi hermana Diana (alma bendita): mi madrastra había convencido a mi papá de que no estaba estudiando, sino que andaba era buscando novios en Bosconia, adonde había ido a estudiar el año anterior. Así que mi papá, a manera de castigo, la dejó en la finca a cargo de las labores domésticas, no solo de toda la familia, sino también de los trabajadores. Tenía entonces catorce años.
Al suscrito lo matricularon en el colegio San Antonio; a mis hermanas, en el José Celestino, y a mi hermano Armando lo mandaron a estudiar en Valledupar, al entonces Instituto Industrial Pedro Castro Monsalvo (Instpecam), uno de los pocos colegios de su tipo donde los alumnos escogían una de las múltiples artes u oficios que enseñaba la institución para la formación industrial (electricidad, metalmecánica, dibujo técnico, carpintería, entre otros oficios).





