En los primeros días de mayo ocurrieron dos fiestas que en principio no parecen tener nada en común. En Valledupar, Emilio Tapia —condenado por el carrusel de la contratación en Bogotá y por el escándalo de Centros Poblados— apareció en una fiesta privada durante el Festival Vallenato, rodeado de personas influyentes que lo saludaban como si nada hubiera pasado. A más de 3.000 kilómetros de distancia, en Nueva York, Jeff Bezos —señalado por presuntas violaciones de derechos laborales en Amazon y cuestionado por su acercamiento al poder político de Trump— patrocinó la Met Gala como benefactor principal junto a su esposa Lauren Sánchez, designada co-presidenta honoraria del evento.
Todo los separa: la geografía, la escala, el idioma. Lo que ocurrió en Valledupar pertenece al mundo de la política criolla y sus escándalos de siempre; lo que ocurrió en Nueva York, al del glamour global y sus mecenas de turno. Y aun así, ambos eventos cuentan exactamente la misma historia: el dinero y la influencia como salvoconducto social.
El caso de Tapia ilustra lo “atractiva” que resulta la corrupción en Colombia: condenas que no logran separar del poder al delincuente ni obligarlo a devolver el dinero obtenido ilícitamente; dinero que, además, termina sirviendo para seguir acumulando influencia y sostener su posición social.
El caso de Bezos y Sánchez refleja otra cara del mismo fenómeno: la capacidad del dinero para convertir la desigualdad en espectáculo respetable. Mientras patrocinan con al menos diez millones de dólares uno de los eventos más emblemáticos de la moda mundial, Amazon arrastra desde hace años denuncias por condiciones laborales precarias. A eso se suma que trabajadores del propio Museo Metropolitano denunciaron que el 91 % del personal por horas de su unidad gana menos de un salario digno.
Tapia aparece en una fiesta de whisky y vallenato; Bezos, en cambio, patrocina un museo centenario. La distancia entre ambos mundos es enorme, pero la lógica subyacente es la misma: la proximidad al arte, a la cultura y a los espacios de celebración colectiva funciona como un mecanismo de blanqueamiento reputacional.
Tal vez lo que más incomoda de ambas imágenes no es que esas personas salgan a la calle. Es la velocidad con que el entorno los normaliza. La sonrisa de quien saluda a Tapia como si nada no es distinta, en su función social, a la de la celebridad de talla mundial que acepta sentarse en una mesa financiada por Bezos.
¿Puede una donación millonaria redimir un historial de explotación laboral y la cercanía con políticas migratorias abiertamente crueles? ¿Puede una pena cumplida a medias devolver a alguien al círculo de lo respetable?
Cuando nadie en el salón se incomoda; cuando los congresistas y cantantes saludan y los actores caminan por la alfombra roja para luego sentarse en la mesa; cuando la fiesta sigue y la crítica se convierte en ruido de fondo que se disipa al día siguiente, la respuesta parece ser que sí; Que el pasado importa poco cuando el presente es conveniente. Y que el poder siempre encuentra la manera de seguir siendo poder.
Por: Mariana Orozco Blanco
