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Las democracias no se rompen, se vacían

Las autocracias del siglo XXI ya no necesitan destruir la democracia; les basta con ocupar sus instituciones, vaciar lentamente su contenido y conservar la apariencia de legalidad mientras concentran el poder

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Durante buena parte del siglo XX las dictaduras eran relativamente fáciles de reconocer. Llegaban sobre tanques, suspendían la Constitución, clausuraban el Congreso, censuraban la prensa y perseguían abiertamente a la oposición. Su irrupción era abrupta y, por ello mismo, visible. Hoy esa imagen pertenece, en gran medida, al pasado.

Las autocracias contemporáneas han aprendido una lección que las vuelve mucho más peligrosas: destruir la democracia resulta más costoso que utilizarla. Hace mucha bulla y para nada conviene. En lugar de demoler el edificio institucional, prefieren instalarse dentro de él. Conservan las elecciones, mantienen los tribunales, permiten que el Congreso continúe sesionando y preservan el lenguaje constitucional. Sin embargo, detrás de esa fachada, el contenido de la democracia comienza a vaciarse lentamente.

La amenaza ya no consiste en un golpe de Estado clásico, sino en una ocupación progresiva del Estado. La democracia permanece en pie, pero deja de cumplir la función para la cual fue concebida.

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