Hoy quiero abordar un tema del cual todos tenemos conciencia perfecta, pero que nos negamos a reconocer; no es algo nuevo ni estoy descubriendo el agua tibia, simplemente nos molesta ver a otro con celular en mano retraído, pero no nos examinamos en la faena propia.
Le damos una importancia inusual y, estemos con quien sea, revisar el celular y contestar mensajes se ha vuelto algo supremamente necesario; no habrá el que con golpes de pecho salga a decir: “Yo no, la verdad es que a mí el celular no me domina”. Ojalá sea así.
Hoy hasta el colorido de los versos, la picardía e interpretación de canciones que se conjugaba con los colores de las trinitarias, del cañahuate florecido; de los campos, valles, la serranía del Perijá y la Sierra Nevada, se minimizan con las redes sociales y todo se puede hacer a través de la inteligencia artificial. Este es un tema que tocaremos en otra nota.
Los creadores de contenido con mensajes insulsos atropellan las bellas poesías que envuelven sueños y vivencias, declamadas por Gustavo Gutiérrez, por ejemplo, y se ven empañadas por el sonar intruso de un mensaje de texto o una llamada.
Las cosas han cambiado; hoy nos sustraemos de esas narraciones fabulosas que daban lugar, en medio del fervor parrandero, a que la imaginación le permitiera a un alma enamorada volar sobre la nevada, y se acompañara de los vientos, y con un millón de versos pudiera llegar hasta la ventana del amor lejano a darle serenata.
Agonizan esas parrandas y bellas inspiraciones de historias fascinantes; le dimos paso a la tecnología, al WhatsApp; al iPhone, celular intruso que se ha metido en todas partes. Ultimaron las conversaciones amenas; ensimismarnos y embobarnos fue el fin, logrado con lujo de detalles; al punto que comemos, nos bañamos, y conducimos mirando estos aparatos. Hasta peligroso resulta.
Se murieron los cuentos largos de los abuelos y, con ellos, se fueron los miedos infantiles. Se acabaron los juegos tradicionales; no es atractivo jugar al cuatro, ocho y doce; la lleva, el pote, o jugar a las escondidas; ahora los pelaos desde que aprenden a hablar, lo único que quieren es una tablet; los celulares y las redes sociales nos absorbieron.
Mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca; es decir, estos aparatos no acortan las distancias, las profundizan.
Revisemos que una llamada, una bendita llamada telefónica, otrora tan importante, que hacíamos maromas para poder llamar al ser amado desde Telecom, o un simple marconi, pasó a ser algo insulso y hoy la tecnología hasta te escribe los mensajes.
Ya no llamamos, escribimos;, que digo yo escribimos, el celular nos dice qué escribir y qué poner como mensaje. Las cadenas son furor, el mismo mensaje para miles. Facilismo puro.
Hay una sobrecarga de información, y esto está superando la capacidad humana para procesarla y deriva en enfermedades mentales, en estrés, ansiedad y muchas cosas más; se han incrementado los suicidios; se nos ha convertido en un problema serio la toma de decisiones y la posibilidad de distinguir la verdad de la mentira.
La tecnología avanza, pero la sensibilidad humana retrocede de manera abismal; Dios se apiade de nosotros. Sólo Eso.
Por. Eduardo Santos Ortega Vergara





