COLUMNA

El imperativo demográfico en la reforma pensional

La transición demográfica obliga a encontrar un equilibrio entre la autonomía sobre los aportes y la protección frente al riesgo de vejez, evitando que una solución inmediata termine generando desprotección económica en edades avanzadas

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En 2025 nacieron en Colombia 433.678 niños, 20.223 menos que el año anterior. Esto arrastró la tasa global de fecundidad a un mínimo histórico de 1,0 hijo por mujer, una cifra muy inferior al 2,1 necesario para el reemplazo poblacional. Este declive no es circunstancial, sino estructural; de hecho, la tasa general pasó de 51,8 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil en 2016 a apenas 30,9 en 2025. De este modo, el país acelera su transición demográfica, donde la caída de la natalidad coexiste con el fenómeno de la nueva longevidad.

Este proceso coincide con la actual discusión del nuevo sistema pensional. Si bien el debate se concentra en el umbral de cotización, las semanas exigidas, la distribución de los aportes y el costo fiscal de la reforma, resulta inapropiado soslayar una transformación estructural subyacente que se refleja en un envejecimiento acelerado del país mientras su base de aportantes se reduce drásticamente.

El envejecimiento es un problema complejo para Colombia, porque se presenta sin haber solucionado las debilidades estructurales del desempleo y la informalidad laboral. Según el DANE, para el trimestre de abril a junio de 2026, la tasa de desempleo logró estabilizarse en el 8,3 %. Sin embargo, el desafío estructural radica en la calidad del empleo, dado que el 54,5 % de los ocupados en el país todavía trabaja bajo condiciones de informalidad. De este modo, es difícil construir un sistema pensional sostenible.

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