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La paradoja del silencio

El silencio absoluto no existe, es un autoengaño con el que se pretende minimizar no el ruido o los sonidos que se dan a nuestro alrededor sino a nuestra propia voz interior que jamás calla ni siquiera cuando estamos dormidos.

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El silencio absoluto no existe, es un autoengaño con el que se pretende minimizar no el ruido o los sonidos que se dan a nuestro alrededor sino a nuestra propia voz interior que jamás calla ni siquiera cuando estamos dormidos.

Como escritor muchas veces aludo en mis escritos a una expresión que menciono y me gusta mucho, la cual es: “el bullicio del silencio”, y es la realidad que afronta cualquier ser cuando aspira estar en silencio, pues jamás se está en él, aunque muchos, como yo, pretendamos y amamos estarlo.  Llega un momento en que a veces no se necesita de voz para comunicarse con los que uno más ama, hay conversaciones en las que no se necesita hablar, pues todo lo que hay que decir se dice sin utilizar la voz y no es algo bizarro o extraño anhelar el silencio, al menos eso creo. Lo que me recuerda un soneto de Edgar Allan Poe, en donde está de acuerdo que este no alberga maleficio alguno, pero sí un premioso azar en donde solo queda encomendarse a Dios.

Se siente bien hablar en silencio, cuando se cruzan los pensamientos, cuando se habla con los demás a través de los ojos cruzando las miradas o con los gestos, en estos momentos, las palabras se riegan y esparcen como truenos en el espacio sin que nadie más lo advierta y solo los que se atreven a hablarse así se escuchan. En el silencio escuchas todo el bullicio que se ahoga entre el ruido de los que no escuchan, se captan por fin las palabras sinceras, aunque duelan y cuestionen, escuchas el susurro que siempre te anima a seguir adelante y que jamás oyes.

El silencio es hermoso y es el que más nítido nos habla en su esencia: 

¡Oh silencio! Que me gritas cuando solo me visitas,

¿Es que acaso no permites que mitigue ya mis penas?

Desvanece ya mi aliento con irónica sonrisa,

Creando falsos sueños entre lágrimas eternas.

¡Oh silencio! Que te callas cuando a veces quiero oírte,

¿No ves que yo me muero sin suspiros que me griten?

Ojalá no me tropiece en el camino que me embiste

Y me detenga eternamente ya sin sueños que no existen. 

Me encanta el silencio, queridos lectores, lo reconozco y me fascina cuando hablo con él tratando de hallar consuelo en las tristezas. Es en esos momentos cuando escucho con mayor claridad, como nunca había escuchado a mi voz interior. Todos hablan en silencio y si no, detengan en este momento la lectura y escúchense, y sonreirán, y entonces se darán cuenta que lo que estoy diciendo del y en silencio es cierto. Muchas veces también hasta el viento calla, hasta los pájaros dejan de cantar y trinar escondidos entre almendros y otros árboles para escucharse y hablar con los demás. Tal vez, hasta los muertos, sin duda, hablan en silencio, dando sus mensajes a los vivos cuando les toca y se esfuman tan raudos como aparecen. 

Hoy, mis queridos lectores, los invito a hablarse y hablar en silencio, y que permitamos que nuestra voz, sin que suene, nos hable y hable a los demás y que sea esta la que ocasione el bullicio que necesitamos para escucharnos en realidad, pues ya hoy no se escucha porque ya tampoco hoy se habla con y desde el corazón. Nos limitamos a escuchar paradójicamente a los demás a través de lo que escriben en las redes y lo peor, es que creemos lo que nos gritan en sus escritos. ¿Por qué no le damos un momento al silencio para escucharnos nosotros, para oír lo que tenemos que decirnos a través de él? ¿O es que acaso somos sordos ante el silencio? ¡Qué ironía! ¿Cierto?

Por Jairo Mejía 

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