Para los nuevos ricos y viejos ricos, y sobre todo para aquellos a quienes la inmodestia es asilada en su vanidad y orgullo en términos éticos, filosóficos y sociales, no es buena la ostentación en exceso y menos dentro de una comunidad pobre. Y no lo es por varias razones profundas que van más allá de la simple moral: afecta la cohesión social, la paz emocional de la comunidad y la dignidad humana.
Cuando la riqueza se exhibe sin medida en un entorno donde la mayoría carece de lo básico, se activa un contraste doloroso. Los valores éticos, así como los materiales, cuando son invisibles o poco notorios, se sienten más naturales y agradables a la percepción general de la sociedad.
La ostentación hace lo contrario: expone y magnifica la desigualdad, la envidia, la vanidad, el orgullo y la falsedad, convirtiendo la diferencia económica en una especie de teatro moral.
