Caminar sin destino es un acto de resistencia en un tiempo que solo concibe el movimiento como una línea recta entre la prisa y el rendimiento. Quien se entrega a la deriva por las calles de Valledupar, despojado del afán utilitario del transitar cotidiano, asume la condición del flâneur o, acaso, la de un visionario que busca en el espacio los hilos invisibles del tiempo. A esa costumbre me entrego cada vez que puedo. Camino por la ciudad sin urgencia, permitiendo que sea la ciudad la que marque el ritmo de mis pasos y no al contrario.
Caminar así tiene algo de conversación con el tiempo. Cada calle conserva una memoria que no figura en los archivos y cada fachada parece guardar el retrato invisible de quienes alguna vez la habitaron. Lugares donde la ausencia posee una presencia obstinada. Un gran ejemplo de este sentir es cruzar frente al Colegio Pablo VI, la persistencia del recuerdo parece sentar de nuevo a mi abuela Gache en el umbral de su puerta; de igual modo, al rozar la Plaza Alfonso López cuando la tarde cede a las seis, el eco restituye a ese cónclave de hombres senectos y universales que, con el Turco Pavajeau a la vanguardia, dictaban cátedra sobre los misterios de la vida ordinaria. De esos, hay muchos ejemplos guardados en lo profundo de nuestra nostalgia.
Sin embargo, en los últimos trayectos, una interrogante de índole fenomenológica ha venido a asaltar este vagabundeo: ¿cuál es realmente la edad de Valledupar?





