Recuerdo la primera partida que tuve que afrontar. Mi padre se iba de casa porque el tiempo con mi madre había finalizado. Todas las cosas que significaban los años vividos al lado de ellos dos y mis hermanas constituían el pequeño mundo que, de forma egoísta, había establecido solo para mí. Aceptar que alguien debía marcharse e irse a otro lugar no encajaba con la construcción que traía en mi mente sobre la permanencia y el amor.
¿No se suponía que ese amor profundo que me contenía a diario debía permanecer conmigo hasta la muerte? Pero mi conciencia no conocía la libertad del ser humano; me aferré inevitablemente a una partida. Y vino con ella el sufrimiento, el dolor y la fuerza que, con seguridad, me sostuvo para encarar unas cuantas partidas más.
Dejar ir es el acto de reconocer que las demás personas no nos pertenecen; no llegan para ser parte de nuestras posesiones. La permanencia en nuestras vidas, el destino final o sus sentimientos no están bajo nuestro control. Epicteto tuvo razón cuando nos llamó a distinguir entre lo que depende de nosotros —juicios, acciones, intenciones— y lo que no depende. Esto nos lleva, consecuentemente, a aceptar y tolerar lo que sucede. Así que, si alguien debe partir, todo será parte del orden natural y la libertad de las cosas. Pero esto no nos lo enseñan; asumimos que la partida es el fracaso de aquello que, aún con amor, no pudimos contener. Entonces llega la pérdida, también en forma de muerte, y nos sacude; la idea de lo inevitable, de no volver a ver o sentir físicamente, nos carcome y nos convertimos en un hueco profundo queriendo tragarse, de algún modo, lo que no alcanzamos a vivir.
Más allá del deseo de retener al otro, dejar ir nos resulta difícil porque hemos construido nuestra propia identidad alrededor de las relaciones. No solo tenemos miedo de perder a la persona; eso implica perder la versión de nosotros mismos que existía con ese vínculo. El estoicismo, a través de la introspección, nos muestra que el sufrimiento nace de la preferencia convertida en necesidad. Creemos que nuestra estabilidad depende de figuras externas y, cuando estas se marchan, sentimos que se llevan una parte de nuestra esencia. Aprender a soltar es, en realidad, un ejercicio de reconstrucción personal: es entender que nuestra integridad no se acaba cuando el entorno cambia; sucede lo contrario, se fortalece al encontrar el centro en nuestras vidas.
Nuestra mente está biológicamente programada para buscar seguridad en lo conocido. Dejar ir es difícil porque implica aceptar la transitoriedad, una ley natural que nuestra cultura siempre ha preferido ignorar. Nos cuesta marcharnos o dejar marchar porque entendemos el cambio como una pérdida y no como una transformación necesaria. Y, desafortunadamente, ni en casa ni en la escuela nos educan para la pérdida. Para un estoico, el universo es movimiento constante; sin embargo, nos aferramos a los amigos, a las parejas y a la familia como si fueran piedras pesadas que no deberían irse nunca. El problema está en el choque entre nuestro deseo de permanencia y la realidad de un mundo que siempre está en movimiento. Soltar duele porque requiere que nuestra voluntad acepte la naturaleza de las cosas, asimilando que nada —ni siquiera lo que más amamos— ha venido para quedarse para siempre.
Ojalá desde pequeños nos enseñaran a reescribir esa construcción mental de la permanencia que mencioné al principio. Mi padre se fue de casa —lo comprendí muchos años después— y con él aprendí que la fuerza para afrontar la vida no viene de lo que logramos retener, sino de lo que somos capaces de integrar con cada despedida. Dejar ir es el acto final de madurez; es permitir que todo en la vida fluya sin pretender ser sus dueños, aceptando que nada es para siempre, pero que permanecerá el camino de encuentro a nosotros mismos.
Por Melissa Lambraño





