COLUMNA

La miseria humana

Una noche tan oscura como el inicio del mundo mismo, llegaron a los oídos del músico Lizandro Meza los versos poéticos en décima de “La gran miseria humana” declamados con sentimiento por un borracho de Los Palmitos, un pueblo del departamento de Sucre.

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Una noche tan oscura como el inicio del mundo mismo, llegaron a los oídos del músico Lizandro Meza los versos poéticos en décima de “La gran miseria humana” declamados con sentimiento por un borracho de Los Palmitos, un pueblo del departamento de Sucre. 

Así inicia un artículo escrito hace algunos años por Jimmy Cuadros, que tituló “Gabriel Escorcia Gravini contra la gran miseria humana del olvido”, el que hoy quise traer a colación como recuerdo oportuno ante lo que está sucediendo en el mundo y que merece, sin duda, reflexión. Dicho escrito no solo alude al poema escrito por este autor soledeño, sino también a su propia vida, referente importante de la necropoesía y la poesía épica, el cual fue fundamental, tal como lo afirma el escritor, para que este no sucumbiera al olvido, tal vez la peor de las desgracias que un artista y su obra puedan sufrir. 

Refiriéndonos concretamente a la obra aludida de este autor, desde el inicio el título atrae la atención de cualquiera, y la palabra miseria debe entenderse en este caso como la ruindad y degradación moral, al egoísmo, a la perversidad, al infortunio, a la fragilidad y a la desgracia del hombre; en resumen, a la deshumanización espiritual. Cuestión que vemos no ha variado a través del tiempo.

Ahora bien, con ocasión a la causa de la muerte del poeta, este poema fue uno de los pocos que sobrevivió, pues la gran mayoría de sus escritos, junto con otras de sus pertenencias, sucumbieron en el fuego, al intentar con ello extinguir por completo la lepra que apagó la vida del poeta. Ahora bien, analizando la letra de este, se puede hallar, profundizando en él, el destino final y real del hombre, y cualquiera podría preguntar lo mismo que preguntó el poeta en su poema a su humana calavera, entre muchos interrogantes que se dan en este:

¿Qué se hizo la carne aquella,

que te dio hermosura bella?

¿Qué se hizo tu cabellera,

cuál lirio de primavera?

Tan frágil y tan liviana

Dorada cuál la mañana 

de la aurora al nacimiento,

¿Qué se hizo tu pensamiento?

Responde, miseria humana.

Y hay muchas preguntas más. La vanidad del hombre lo ha enceguecido desde el inicio de sus tiempos, vanidad de vanidades. Incluso, muchos mitos la recuerdan de forma vigente, como el narcisismo, aquella obsesión que lleva mucho a creer que su reflejo es tan bello y que se puede morir ahogado tratándose de abrazar a sí mismo, viéndose en el agua. Nos recuerda que la lección de Ovidio no es solo el amor propio, sino la incapacidad de amar a otros, lo que lleva al vanidoso a ser castigado y a dejarse morir insensible al mundo, tan así es, que muchas veces el vanidoso de igual forma utiliza a los demás como espejo para reafirmar su imagen exterior.

Como decía, la ruindad moral del hombre y la falsa creencia de ser mejores que los demás nos arrastra a un triste final y lo peor es que con nuestra actitud arrastramos a muchos otros más. Siempre hemos tenido un problema de corazón y un pecado capital que engendra otros, tal como lo dije alguna vez en otra columna, al referirme sobre la vanidad, el pecado favorito del demonio. Es hora queridos lectores de dejar de actuar con superficialidad para sobresalir, quizás es hora de repasar los interrogantes que contiene el poema aludido sobre la gran miseria humana y que inmortalizó Lisandro Meza, y tal vez, solo tal vez, podamos compartir lo que se escribe en la lápida del autor del poema:  

“En el jardín de la melancolía,

Donde es mi corazón un lirio yerto,

Yo cultivo la flor de la poesía

Para poder vivir después de muerto…”

Por Jairo Mejía

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