COLUMNA

La imposible pausa

Algunos tienen agendas y otros memorizan con facilidad las responsabilidades que por horas se deben cumplir. Y sí, se deben, porque nos acostumbramos a cumplirle a otros, más que a nosotros mismos.

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No sé si va más acelerado el mundo o yo. El tiempo no alcanza para todo lo que se planea a diario, y si alcanza, queda el sentimiento de frustración que se añade a la tarea que no se terminó. Algunos tienen agendas y otros memorizan con facilidad las responsabilidades que por horas se deben cumplir. Y sí, se deben, porque nos acostumbramos a cumplirle a otros, más que a nosotros mismos.


Nos levantamos violentados con el sonido del despertador, corremos a cumplir horarios imposibles y nos acostamos con la mente atrapada en listas interminables de tareas pendientes. Sin embargo, en lo profundo de cada uno de nosotros existe una sed primigenia: la necesidad de descansar. No hablamos del sueño, esa reparación fisiológica indispensable para no sucumbir, sino de una pausa verdadera, de ese éxtasis momentáneo que implica detenerse y existir simplemente por el placer de hacerlo.


Según un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud, las cifras de estrés laboral se han disparado a niveles alarmantes: más del 60 % de los trabajadores en el mundo reportan sentirse abrumados o agotados emocionalmente. Este fenómeno, conocido como “burnout”, es un recordatorio brutal de que nuestros cuerpos y mentes no son infinitos. Es como si, al exigirnos constantemente, olvidáramos que somos más frágiles de lo que nos atrevemos a admitir. Y, aun así, seguimos caminando con esa conformidad tranquila, arrastrando las cadenas de ser productivos.

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