COLUMNA

La humanidad necesita un vallenato

Una reflexión sobre cómo el vallenato, más allá de ser un género musical, representa una forma auténtica de reconectar con la sensibilidad, la emoción y la esencia humana en un mundo cada vez más superficial.

canal de WhatsApp

En medio de una civilización que se acelera hasta perderse, que produce más de lo que comprende y comunica más de lo que siente, hay algo que se desvanece: la humanidad. No en el sentido biológico, sino en aquello más profundo que nos constituye. Porque no es lo mismo la persona que el ser humano.

La persona es una construcción: el rol, la máscara, el personaje que desempeñamos en el teatro social. Los griegos lo entendieron con una claridad que hoy parece lejana: la persona era la máscara del actor, aquello que permitía representar un papel ante los demás. En ese escenario, cada quien cumple una función, responde a expectativas y se ajusta a formas.

Pero el ser humano está por debajo de esa máscara. Es lo que queda cuando el papel se suspende: la emoción no calculada, la palabra que no busca convencer sino expresar. El ser humano no actúa: siente. Y, precisamente por eso, incomoda en un mundo que ha perfeccionado la apariencia, pero ha olvidado la profundidad.

La modernidad, especialmente en las grandes ciudades, ha elevado la persona a su máxima expresión. Todo es forma, discurso, eficiencia, imagen. Se vive hacia afuera. Pero, en ese mismo proceso, se ha ido perdiendo la conexión con lo humano, con aquello que no se puede sistematizar ni controlar. La civilización ha avanzado, sí, pero no necesariamente en la dirección de lo esencial.

Y es ahí donde el vallenato, el clásico —el de raíz—, aparece como una forma de resistencia.

No es solo música: es relato, es memoria, es una manera de conocer el mundo sin artificios. El vallenato no se limita a organizar notas: habita en las experiencias humanas. Habla del amor sin eufemismos, del dolor sin maquillaje, de la nostalgia sin vergüenza. No pretende ser sofisticado, y en ello radica su grandeza: en su honestidad.

Mientras la música contemporánea muchas veces responde a fórmulas de consumo, el vallenato clásico responde a la necesidad de expresar. Es un lenguaje que no busca impresionar, sino conmover. Y conmover es, en el fondo, una forma de desarmar la persona para que aparezca el ser humano.

Porque para sacar lo humano no basta con entender: hay que sentir. Y sentir implica exponerse, romper la distancia, permitir que algo nos toque. La razón ordena, pero es el sentir lo que revela. Por eso los griegos también confiaban en el teatro como una forma de catarsis.

El vallenato cumple esa misma función, no desde la tragedia clásica, sino desde la cotidianidad; desde la historia simple que, en su sencillez, contiene una verdad más profunda que cualquier discurso elaborado.

En los pueblos, en la provincia, esa conexión sigue viva. No por una superioridad moral, sino porque aún no se ha roto del todo el vínculo con lo esencial. Allí la vida no se vive únicamente como representación, sino también como experiencia. Se canta lo que se vive y se vive lo que se canta.

Pero cuando decimos que a la humanidad le hace falta escuchar vallenato, no hablamos solo de un género: hablamos de una disposición. El vallenato es toda palabra, todo gesto, toda nota que nace del alma y logra conmover; que transforma la tristeza en alegría y hace de la vida un canto. No un canto ingenuo ni evasivo, sino uno que comprende la realidad, que la piensa sin someterse a ella y la siente sin negarla.

Recuerdo una conversación con un amigo. Él me decía que la vida era como una sinfonía: ordenada, estructurada, casi perfecta en su desarrollo. Yo le respondía que no, que la vida no podía reducirse a esa arquitectura rígida y racional, que está hecha de interrupciones, de improvisaciones, de tensiones entre lo que sentimos y lo que pensamos. Le dije entonces que, si acaso, se parecía más al jazz: una mezcla de emoción y pensamiento que se construye en el instante.

Pero hoy creo que incluso eso se queda corto. La vida no es una sinfonía. Tampoco es solo jazz. La vida es, más profundamente, un vallenato.

Porque el vallenato no pretende ordenar la existencia ni embellecerla artificialmente: la narra, la expone, la deja ser con sus contradicciones, sus nostalgias, sus alegrías y sus dolores inevitables.

Hoy, en un mundo atravesado por guerras, tensiones y conflictos que parecen no encontrar salida, lo que falta no es únicamente más razón ni más discurso. Hace falta sensibilidad, hace falta humanidad. Hace falta detenerse, escuchar y sentir: le hace falta un vallenato.

Por: Javier Salina García

TE PUEDE INTERESAR