Hace poco regresé al departamento de La Guajira y, aunque he estado pocas veces, cada visita me recuerda que nunca me cansaré de volver.
Cada viaje me deslumbra: su sol radiante, sus arenas interminables, sus casas pintorescas, sus escenarios y, sobre todo, su música, esa que marca la parada en la tradición de mil historias contadas.
La Guajira es una sorpresa constante. Su encanto y esplendor a veces no alcanzan para que su hermosa luna ilumine los obstáculos que este majestuoso departamento tiene en el camino. Recorriendo sus carreteras descubrí que el inhóspito desierto guarda vida, pero también dificultad; que, en las altas horas de la noche, la prudencia vale más que la libertad; que el comercio no se mueve solo; y, sin embargo, los buenos corazones aún persisten entre la adversidad.
