Cada vez que escribo sobre algo del pasado que ha marcado mi vida, es imposible no abrirle las puertas a la nostalgia. Anoche me tocó dormir con ellas abiertas para evitar que se inundara mi corazón al recordar la humildad de la cama de lienzo.
Quien se reconoce provinciano y ama su tierra —con ese orgullo callado que no necesita alardes— probablemente nació en una cama de lienzo. Y al decirlo, no hablo de carencia, sino de ese abrigo humilde donde la pobreza no era miseria, sino una forma de cariño.
Hubo un tiempo —hoy casi irreal— en que la riqueza de un hogar cabía en lo esencial: un baúl color habano, cargado de secretos y recuerdos; dos tinajas de barro ya desteñidas por los años, acompañadas de su aguamanil; la cama de lienzo, ceniza y silenciosa, donde cada noche se acostaban juntas la ilusión, la esperanza y la incertidumbre; y alguna hamaca, cómplice de siestas y desvelos. Se contaba también con la bacinilla escarchada y las ollas de peltre que cocinaban, más que alimentos, la angustia diaria.
Algunos —como mi familia— alcanzaron el pequeño lujo de una máquina de coser. Con ella no solo se zurcían telas: se remendaba la vida. Entrecruzar hilos sobre una rasgadura era, en el fondo, un acto de resistencia. Cada puntada buscaba imitar lo intacto, disimular la herida, prolongar la existencia de lo gastado. Así también se cosían los días: con retazos, con paciencia, con la dignidad silenciosa de quien no se rinde. Todo cabía en ese blanco austero de la modestia.
Ese era el ajuar de toda una vida. No importaba el destino: la pobreza tenía su propio orden, su propia estética, su propia manera de sostener el mundo.
La cama de lienzo —rústica, fresca, esencial— era más que un mueble: era un refugio. Su armazón de madera y su tela tensada, de lona o yute, no solo soportaban el cuerpo, sino el peso entero de los años con los secretos del amor elemental y simple. En ella no hacía falta colchón: bastaba la costumbre, el cansancio y la fe. Era, sin saberlo, una herencia milenaria, hija lejana de antiguas civilizaciones donde el descanso también se tejía sobre fibras tensas y voluntades firmes. Así, la cama de lienzo se convirtió, por su comodidad y espacio, en un artículo sumamente indispensable, aun bajo el martirio de la economía del hogar.
Pero aquí, en nuestra tierra cálida, también adquirió otro significado. Se volvió símbolo. Símbolo de frescura en medio del agobio, de descanso en medio de la fatiga, de permanencia en medio del olvido.
Las casas eran entonces apenas dos cuerpos: sala-comedor y aposento, unidos por un vano de bahareque blanqueado con cal. Bajo la luz temblorosa de una vela o de una lámpara sin lumbre las mariposas se estrellaban contra los muros como si también ellas buscaran un lugar en el sueño. Todo era uno: la vida, el espacio, la familia. Y en medio de ese pequeño universo, la cama de lienzo ocupaba su lugar inevitable, como un altar doméstico.
Los espacios no conocían especialización. La cocina era corazón, encuentro, refugio, y, si la necesidad apretaba, también dormitorio. Solo mucho después la casa aprendería a dividirse, a nombrar sus partes, a sofisticar la vida. Pero en aquellos días, todo estaba más cerca: el hambre, el amor, la palabra, el silencio.
Luego llegaron los catres: plegables, ligeros, casi viajeros. Pero nunca desplazaron del todo a la cama de lienzo, porque esta no era solo estructura, sino el retrato del tiempo y de la vida humilde.
Sobre ella se acostaba la lealtad, envuelta en la frescura de la cercanía. Allí despertaba el amor, sin artificios, con la pureza de lo nuevo. De esas noches nació un hombre sencillo, que aprendió la libertad no desde el exceso, sino desde el trabajo humilde; que creyó con inocencia, sin saber aún de culpas ni de pecados; que fue feliz sin nombrarlo.
Hasta que un día llegó el peso del conocimiento: la culpa, el juicio, el dolor. Y, sin embargo, aquella cama —testigo silencioso— permaneció. Porque en su tela tensada no solo descansaba el cuerpo, sino también la capacidad de resistir.
La cama de lienzo no era pobreza: era origen. Y quien haya dormido en ella, aunque no lo diga, lleva en el alma una forma distinta de recordar y ver el mundo que le rodea, lleva en su frente una corona simple: la dignidad.
Por: Fausto Cotes N.
