¿Algo presente puede estar ausente? No recuerdo el libro en donde vi esta frase, la que llamó, sin duda, poderosamente mi atención. Tal vez presencia significa hacerse sentir, aunque sea sin sentidos, pues hasta lo sobrenatural y extracorpóreo se siente sin a veces ser visible.
Mirarse al espejo y vaciar la mirada en el reflejo que tenemos enfrente sin sentir nada nos indica nuestra propia ausencia. Estar en el mismo lecho con alguien que no te siente porque estás ausente o no sientes a ese alguien que está a tu lado, también nos indica ausencia de la presencia más cercana. Ver pasar a nuestros hijos sin ni siquiera escuchar sus pasos o hablarnos y hacernos los de la vista gorda y los de los oídos sordos ante nuestro propio llamado y solo reaccionar ante un suspiro que nos alerta que aún estamos presentes, también es el reflejo de la ausencia de la presencia.
El murmullo de nuestros miedos y el susurro de lo no debido nos invita a ausentarnos muchas veces del mundo real o tal vez hasta ficticio en el que vivimos. Los que fuman miran el humo serpenteante en el aire sin ni siquiera pensar que en él está ahora ausente el fuego que dio ocasión a su presencia, o por qué no, por ejemplo, cavilar un poco sobre el héroe presente en nuestro talón y que solo Aquiles es un mito ausente.
Cuántas veces no deseamos escucharnos en silencio, solo nosotros, hablándonos sin distracciones, como alegres o atentos parlanchines e interlocutores, todos diferentes, que discuten y proponen distintas estrategias para seguir adelante en el camino de la vida. Tal vez, somos solo uno, o dos, o quizás hasta tres o más, y no hablo de bipolaridad o de alguna condición mental o psicológica que abarque el concepto de personalidades múltiples, no, mis queridos lectores, hablo de un simple y necesario llamado que nos hacemos ante el vacío que experimentamos a veces.
Pero, pregunto: ¿Qué tan ausentes estamos de nuestra propia presencia? Solo lo sabremos cuando logremos notar nuestra propia ausencia. Tal vez parezca un poco inentendible lo que escribo o quiero dar a entender, pero es tan simple, es como cuando decimos o nos dicen: “Estás, pero no estás”; cuando automatizados ante el pensamiento que nos atrapa en el momento estamos ausentes del lugar en donde nuestro cuerpo está. O será que alguna vez no nos han dicho: ¡Oye, te estoy hablando! ¡Escuchaste lo que te acabo de decir!, ¿O alguna otra frase parecida que nos hace despertar y volver a la realidad real o ficticia de la cual nos ausentamos, aunque sea de forma efímera?
Tal vez, la desconexión por momentos sea buena y hasta saludable, sin embargo, debemos, de igual forma, pensar qué tanto conviene ausentarnos y permitir que nuestra presencia sea solo una sombra a la cual nadie le interesa. Somos luz, queridos lectores, anhelamos siempre luz y por eso en todo momento es bueno buscarla entre tanta oscuridad, pero debemos ser cautelosos cuando intentamos hallarla, pues en la búsqueda podemos ser cegados por la negrura de la oscuridad y perdernos entre las sombras que forman parte de ella sin ni siquiera reconocernos cuando andamos.
La niebla de la ausencia de nuestra presencia nos arropa como mortaja que pretende aislarnos del mundo, pero no solo del nuestro, pues éste no es de nuestra exclusividad, debemos recordar que lo compartimos con los demás, con nuestra familia y nuestros amigos y hasta conocidos o desconocidos que hacen parte de éste y por lo tanto solo somos una especie de ficha o pieza de un rompecabezas que todos intentamos armar y, a veces, nos desesperamos porque no podemos encajar con las demás piezas y entonces surgen otras piezas que también desean ser parte de este rompecabezas, de uno, que al final, es de todos.
Para la próxima vez que deseemos ausentarnos, mis queridos lectores, hagámoslo de tal manera que, aunque andemos entre valles de lágrimas y recuerdos divagando, buscando el reflejo de aquel otro yo que está en el espejo, retornemos con firmeza a nuestra realidad para que no se note demasiado la ausencia de nuestra presencia.
Por Jairo Mejía
