Cumplo el delicioso encanto de escribir unas líneas sobre quien con entusiasmo -invariablemente- aprecio desde que hace bastante rato nos conocimos a carcajadas recíprocas y a partir de que por primera vez estrechamos las manos y nos ofrecimos un cálido y fuerte abrazo: Ovel Gelain Fresneda Felix -¡vaya, vaya! que nombrecito- conocido en América y el mundo como Gitanillo de América.
Brevemente, porque sus registros se encuentran en todas las bases de datos en la internet, a quien aquí mencionamos es un hombre -desde que nació- con dimensión personal para ubicarse en ecuménico torero. En un recorrido en carro de aquí hasta Cartagena, se desnudó con divertidos detalles, porfía de vida y trayectoria vivaz y, me impactó mucho lo decisivamente feroz para enfrentar la existencia y lo que se propuso siempre: ser un torero exitoso que humanamente trasciende.
Las corridas de toros en particular y la tauromaquia en general es el arte y la técnica de torear o lidiar toros -donde la genial puesta en escena de Gitanillo de América es insuperable porque histriónicamente arriesga su vida con una sonrisa seria en la comisura de los labios- que en los tiempos de ahora, del frenesí de la legión de animalistas, quisieran prohibirla del todo. Suprimirla.





