Días antes de cumplir 96 años falleció en su tierra, Manaure, Cesar, Aurelina Calderón Cotes; reconocida matrona que inspiró su vida al servicio y la hospitalidad de su familia, amigos y la sociedad del corredor entre Manaure y La Paz.
Fue la primera manaurera legítima que tuvo Manaure, un afrodisíaco pueblo de encantos naturales. Sus padres fueron Ramón Cotes Calderón y Felicia Calderón. Era la madre de Cecilia (fallecida) y del abogado Armando Calle.
El sepelio fue el sábado anterior en Manaure y durante el rito religioso su hijo dijo: “Me han dejado huérfano de madre, la más triste e íntima orfandad, tanto porque es la pérdida de quien se recibe el mayor y más incondicional cariño desde el nacimiento, como porque con la pérdida de la madre cada ser humano se degrada y pierde en sí mismo, es inmediatamente menos, porque se rompe definitivamente lo que desde las entrañas nos había entregado la forma más sencilla y misteriosa de pertenecer al mundo y a la vida”.
“Aurelina fue una mujer generosa y ferviente católica”, dijo Mabel Canales. “Mi tía Aurelina tenía un don especial para cultivar la amistad y la prudencia”, añadió Alberth Quintero.
Su hijo agregó: “Jorge Luis Borges, quizá el más universal de todas las literaturas, dijo que su abuela inglesa había ofrecido a su familia disculpas por morir tan despacio. Lo he recordado a propósito de la enfermedad de mi mamá, porque su particular modo de entender los años, su moral y su intenso ser social, a pesar de su inconmovible fe, no le hacían fácil entender y tolerar el intenso sufrimiento de los últimos días de su existencia, el suyo y el de sus seres queridos y el deterioro que ello conllevó al interior de sus relaciones sociales y culturales”.
“Y como entre la infelicidad y la felicidad el hilo de la separación entre una y otra es tan fino y delgado, en la más asombrosa y humana de las paradojas espirituales hoy, con tristeza y duelo, también tenemos un motivo para el festejo y la alegría y el agradecido corazón de sus seres queridos, y de sus amistades, por el enorme privilegio que hemos tenido de haber conocido a Aura Elina”.
“Nunca le faltó bondad para ofrecer, cariño para compartir, solidaridad para brindar, amistad y corazón y nobleza para que su humanidad se realizara en cada cotidianidad. Es probable que su sentido de pudor y de humildad, junto con su sorprendente carácter, carácter de Cotes, digo yo, estuviera a punto de llamarme la atención por lo que ella entendería como excesos del hijo”.
“Sin embargo, lo que procuro es dejar pública constancia, de cara a nuestro pueblo y para la memoria de nuestros hijos y descendientes, del ser maravilloso que ha sido mi madre. Ahora, por virtud de la celebración de otro misterio, ella está en trance de encontrarse con sus seres más amados. Quiero creer que he cumplido con el deber de acompañar a mi madre hacia su último viaje. Siento que quienes hoy nos acompañan cumplen con el suyo, con respeto y admiración y por ello cuentan con el irrestricto agradecimiento de su hijo y de sus familiares. Nunca olvidaremos el sentimiento firme con el que nos están acompañando, como jamás olvidaremos a mi mamá, ese ser humano tan peculiar, inteligente y embrujador”.
“Gracias a todos ustedes, a nuestros amigos y familiares, a mi mujer y a mis hijos, por haber querido tanto a mi mamá y por querernos. Como en alguna ocasión se lo dije, siempre siento envidia por la facilidad con que producía empatía y hacía amistad, tanto que casi estuve tentado de no presentarle más a mis amigos, pues amigo que yo le presentaba era amigo que ella ganaba y amigo que yo perdía”, concluyó. Paz en su tumba. Hasta la próxima semana.
Por Aquilino Cotes Zuleta
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