Desde hace varios meses, Valledupar respira una calma muy engañosa. Bajo esa aparente serenidad municipal se teje, de manera subrepticia, con sigilo artesanal, el andamiaje de 2027. Se pueden observar visitas que huelen al más puro interés, alianzas que se pactan con sonrisas ensayadas, abrazos que miden distancias políticas más que afectos, y esa muy curiosa alquimia según la cual el poder, cuando lo necesita, se disfraza de humildad. Una humildad de temporada, claro está, que caduca apenas se cumple su finalidad.
Valledupar atraviesa una coyuntura crítica, evidente y marcante. Pretender ignorar la magnitud de sus fisuras sociales es un ejercicio fútil e inútil; como lo digo constantemente, “no es posible tapar el sol con un dedo” cuando las privaciones son un hecho omnipresente. Frente a este panorama, así como los problemas, hay múltiples aspiraciones al Concejo, la Alcaldía, la Gobernación y la Asamblea, lo cual deja de presente que es un síntoma muy deseable. Y no está mal; la pluralidad de candidaturas fortalece la arquitectura democrática porque rompe la hegemonía del pensamiento único, expande el abanico de alternativas éticas e ideológicas y permite que la ciudadanía encuentre reflejos genuinos de sus causas en el debate público. La competencia abierta descentraliza el poder y somete a los aspirantes al rigor del escrutinio social, presupuesto indispensable para la vitalidad de la misma sociedad.
Lo profundamente reprochable es la atonía a la sana crítica, a la reticencia a señalar las fallas manifiestas por temor a romper lealtades serviles o desatar animadversiones. En la administración pública, la imperfección es una constante muy esperable; pero la omisión sistemática, en cambio, es una renuncia a la función representativa. Resulta trágico comprobar cómo la misma ciudadanía que otorgó su confianza mediante el voto presencia hoy la orfandad de su causa frente a los vacíos de la gestión local.





