El inicio de cada año va acompañado de muchos propósitos, sueños, anhelos y cambios que, si no tienen estructura, bases sólidas e intenciones claras, terminan en pesadillas que drenan nuestra energía, llevándonos a creer que no somos capaces, que no se puede o que aún nos falta “pelo para la moña”. Cambiar nuestra vida, algún área de ella o alcanzar una meta requiere de esfuerzo, compromiso y mucho sacrificio.
Pensemos en un estudiante de medicina que, si quiere ser médico, deberá estudiar, prepararse y sortear muchos desafíos reales, no imaginarios, como cuando soñamos con bajar de peso, pero las recetas de comida sana nunca se elaboran o la ropa deportiva nunca se estrena. La vida requiere de acción y las metas se alcanzan corriendo hacia ellas.
Acaba de pasar Semana Santa, una época propicia para reflexionar sobre cómo Jesús, siendo hijo de Dios, vivió una vida no para él, sino como ejemplo para todos nosotros de cómo vivir en santidad, siguiendo los mandamientos. Así mismo, cargó con una cruz, murió y resucitó como parte de un plan perfecto para honrar a Dios y salvarnos del pecado. En pocas palabras, Jesús es ejemplo de por qué cada vida debe ser vivida con un propósito claro, toda vez que es la única forma de que resucite esa área de nuestra existencia que se encuentra vacía o muerta.





