El inicio de cada año va acompañado de muchos propósitos, sueños, anhelos y cambios que, si no tienen estructura, bases sólidas e intenciones claras, terminan en pesadillas que drenan nuestra energía, llevándonos a creer que no somos capaces, que no se puede o que aún nos falta “pelo para la moña”. Cambiar nuestra vida, algún área de ella o alcanzar una meta requiere de esfuerzo, compromiso y mucho sacrificio.
Pensemos en un estudiante de medicina que, si quiere ser médico, deberá estudiar, prepararse y sortear muchos desafíos reales, no imaginarios, como cuando soñamos con bajar de peso, pero las recetas de comida sana nunca se elaboran o la ropa deportiva nunca se estrena. La vida requiere de acción y las metas se alcanzan corriendo hacia ellas.
Acaba de pasar Semana Santa, una época propicia para reflexionar sobre cómo Jesús, siendo hijo de Dios, vivió una vida no para él, sino como ejemplo para todos nosotros de cómo vivir en santidad, siguiendo los mandamientos. Así mismo, cargó con una cruz, murió y resucitó como parte de un plan perfecto para honrar a Dios y salvarnos del pecado. En pocas palabras, Jesús es ejemplo de por qué cada vida debe ser vivida con un propósito claro, toda vez que es la única forma de que resucite esa área de nuestra existencia que se encuentra vacía o muerta.
Jesús tenía tan claro su propósito que lo daba a conocer en carne propia, aunque otros continuaran en el pecado. Lo mismo debemos hacer nosotros: continuar con la meta trazada, así seamos juzgados por decir la verdad, ser obedientes, sonreír ante la crítica, ser fieles ante las tentaciones, trabajar con alegría y ser correctos. Cada día es más difícil vivir en pareja, tener una relación sana con los hijos, disfrutar de un empleo estable y gozar de salud; pero el secreto está en vivir como Jesús. Él siguió a Dios, cargó la cruz que implica una vida con propósito y murió.
Seguir a Dios significa que no debemos fijarnos en lo que hacen los demás; nuestra mirada debe estar en la perfección de aquello que queremos lograr. Cargar la cruz significa soportar todos los retos que dicho sueño implica, ya sea trabajar, estudiar, madrugar, perdonar, ser fiel o actuar de forma correcta. Y morir significa dejar atrás los hábitos nocivos y la vida antigua para que una nueva vida llegue y seamos nuevas personas.
Ya Semana Santa pasó, pero una nueva vida podemos empezar, no siendo únicamente creyentes de Jesús, sino seguidores. Si él es nuestro líder, debemos tomar como ejemplo su vida, ya que, además de traernos la salvación, su paso por la tierra es muestra de cómo un área de nuestra realidad puede ser salvada. No sé si sea el área de pareja, familiar, laboral o la salud la que necesitas resucitar, pero si te comprometes como Jesús se comprometió y entregas tu vida a aquello que está muriendo, un milagro ocurrirá; no a los tres días, pero sí cuando abandones por completo esos viejos hábitos que te alejan de la vida que tanto anhelas. Te invito a ser seguidor de Jesús, no solo espectador de la vida; los milagros ocurren cuando imitamos, no cuando observamos.
Por: María Angélica Vega Aroca / Psicóloga
