En estos días de confinamiento forzoso, por cuenta del inefable virus, he intensificado un hábito que nunca he perdido: escuchar radio. No obstante, para no seguir oyendo hablar de lo mismo: muertos y más muertos, he buscado otras alternativas en la programación.
Esa afición de escuchar radio a toda hora, que para algunos en mi casa es un vicio, la cogí cuando llegué a Bogotá, hace más de treinta años, a estudiar Periodismo, en la Universidad Externado de Colombia. Mientras ahorraba para comprar un televisor, la radio era mi compañera en esa soledad de la fría y lúgubre capital del país.
Así, oía las noticias, en los horarios habituales, escuchando a ese maestro de la buena reportería que es Yamid Amat, en su legendario 6:00 a.m., 9:00 a.m., al lado de un equipo de periodistas y comentaristas de lujo, que sería necio y largo mencionar en esta corta nota, comenzando por otro maestro, como lo fue Juan Gossaín. Pero también escuchaba mucha música vallenata, Radio Uno, principalmente a Guillermo Alfonso Mejía, locutor con el que hice alguna amistad y quien comentaba muy bien los cantos vallenatos, con los detalles de su origen, sus compositores y sus intérpretes.




