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¿En qué crees?

La vida no es una máquina que satisface nuestros caprichos y antojos; es el abismo que nos lleva a enfrentar nuestros vacíos, siendo el eco que refleja todo aquello que negamos ver, pero nos empeñamos en esconder; es nuestro silencio gritando, que seamos, por fin, todo lo que evitamos, pero aparentamos ser.

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La vida no es una máquina que satisface nuestros caprichos y antojos; es el abismo que nos lleva a enfrentar nuestros vacíos, siendo el eco que refleja todo aquello que negamos ver, pero nos empeñamos en esconder; es nuestro silencio gritando, que seamos, por fin, todo lo que evitamos, pero aparentamos ser.

Si desde niño aprendiste a luchar, para poder llevarte un pedazo de pan a la boca, si aprendiste a llorar y gritar, para recibir un poco de afecto y atención, o aprendiste a vivir en medio de la ansiedad y el control, creyendo que gracias a ello gozarías de bienestar y tranquilidad, probablemente seas un adulto pobre, que lucha para sobrevivir, reclamando a gritos un poco de amor, creyendo que controlando todo a su alrededor, podrá ser, por fin, un niño feliz.

Si durante la infancia estuvimos batallando en nuestro hogar, veremos de adultos, el trabajo, la sociedad, y la vida en general, como una gran lucha, manteniendo siempre una actitud defensiva, estando alertas y reactivos, frente a todo aquello que nos ocurra. Si una niña recibe insultos, gritos, humillaciones o abandono de parte de sus padres, es posible que, siendo adulta, soporte lo mismo de su pareja, ya que, de manera inconsciente, sus padres la programaron para vivir de esa forma. Pero, una niña que recibió buen trato, respeto, amor, inclusión y aceptación en su núcleo familiar, contará con más herramientas, para poner límites ante personas abusivas, controladoras y narcisistas.

Solemos creer que la vida es cuestión de estudiar, trabajar y formar un hogar, para luego tener hijos, ponerlos a estudiar, y, gracias a ello, logren obtener un empleo y formen su propio hogar; pero, olvidan que en la vida no obtenemos lo que hacemos, sino, lo que somos. Cuando una persona conecta desde su infancia con la tristeza y el abandono, sin recibir ayuda o acompañamiento psicológico, crecerá con el imaginario de que todo en la vida es sufrimiento, y que si no recibió atención y amor en su hogar, ¿por qué ha de recibirlo de extraños?

Existen padres que creen que lo importante es que su hijo se alimente, así lo haga solo en su habitación; otros son conscientes de la importancia del afecto y la unión familiar, por ello implementan el hábito de reunirse en la mesa, ya que comprenden que las emociones también nutren, y los sentimientos, ingresan a nutrir nuestro cuerpo y nuestra mente. Algunos padres consideran que lo importante es que sus hijos vayan al colegio, aunque nunca se involucren con la educación, su aprendizaje y el ambiente escolar. Hoy día vemos muchos casos de violencia escolar, de niños que sufren maltrato físico o psicológico, pero ante padres ausentes, todo puede pasar desapercibido. Un niño no solo necesita ir al colegio, necesita que sus padres se involucren en su desarrollo integral, pero infortunadamente, a veces existen niños, siendo criados por otros niños, también abandonados, que nunca recibieron apoyo o atención.

Llegar a la adultez, significa reconocer nuestra pobreza, ya sea emocional, espiritual o material, y comenzar por darnos, aquello que nunca recibimos; pero para ello, debemos dejar de esperar a que lleguen a rescatarnos, toda vez que son los niños quienes esperan recibir. Un adulto debe dar, y brindar todo aquello que le negaron; solo así podrá ser feliz, y vivir, no la vida que le enseñaron, sino la que eligió, al comprender que creer, es poder; si crees que no puedes así será, pero si crees que sí puedes, así también será.

Por: María Angélica Vega Aroca / Psicóloga

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