La vida no es una máquina que satisface nuestros caprichos y antojos; es el abismo que nos lleva a enfrentar nuestros vacíos, siendo el eco que refleja todo aquello que negamos ver, pero nos empeñamos en esconder; es nuestro silencio gritando, que seamos, por fin, todo lo que evitamos, pero aparentamos ser.
Si desde niño aprendiste a luchar, para poder llevarte un pedazo de pan a la boca, si aprendiste a llorar y gritar, para recibir un poco de afecto y atención, o aprendiste a vivir en medio de la ansiedad y el control, creyendo que gracias a ello gozarías de bienestar y tranquilidad, probablemente seas un adulto pobre, que lucha para sobrevivir, reclamando a gritos un poco de amor, creyendo que controlando todo a su alrededor, podrá ser, por fin, un niño feliz.
Si durante la infancia estuvimos batallando en nuestro hogar, veremos de adultos, el trabajo, la sociedad, y la vida en general, como una gran lucha, manteniendo siempre una actitud defensiva, estando alertas y reactivos, frente a todo aquello que nos ocurra. Si una niña recibe insultos, gritos, humillaciones o abandono de parte de sus padres, es posible que, siendo adulta, soporte lo mismo de su pareja, ya que, de manera inconsciente, sus padres la programaron para vivir de esa forma. Pero, una niña que recibió buen trato, respeto, amor, inclusión y aceptación en su núcleo familiar, contará con más herramientas, para poner límites ante personas abusivas, controladoras y narcisistas.





