Contemplar hoy la bitácora del nuevo gobierno nacional y descubrir en ella una constelación de profesionales vallenatos llamados a liderar el proceso de empalme del mandato que encabezará Abelardo de la Espriella, es un acontecimiento que trasciende la simple crónica política; es el amanecer de una posibilidad histórica. Ver la impronta del poder femenino en figuras como María Isabel Campo, acompañando al próximo vicepresidente, el doctor José Manuel Restrepo, en las primeras mesas de concertación, despierta una legítima expectativa que agita el alma de nuestra región. El Cesar y Valledupar asisten a un umbral donde el orgullo de la pertenencia debe transformarse en una fuerza motriz inapelable.
Todas nuestras regiones también poseen memoria. Conservan el recuerdo de las oportunidades perdidas, de las promesas aplazadas y de las décadas durante las cuales el poder nacional pareció mirar hacia otros horizontes. El Caribe colombiano conoce bien esa historia. A pesar de su inmensa contribución cultural, económica y electoral, demasiadas veces su capacidad para influir en las prioridades del Estado ha resultado inferior al peso que representa dentro de la Nación. Esa distancia entre el afecto que Colombia siente por el Caribe y la inversión que realmente recibe continúa siendo una de las grandes paradojas de nuestro desarrollo.
Hoy, cuando los hilos de la administración central se encuentran en manos de un liderazgo costeño, bajo la égida de Abelardo de la Espriella, se presenta una coyuntura irrepetible. No se podría tratar únicamente de celebrar la presencia de coterráneos en espacios de poder. Sería una visión demasiado pequeña para una oportunidad demasiado grande. Lo verdaderamente trascendente consiste en comprender que cada liderazgo individual puede convertirse en una fuerza colectiva cuando comparte un mismo horizonte ético y territorial. Esta cercanía al solio presidencial es una obligación moral, un mandato imperativo de gestión permanente para todos los paisanos que rodearán al nuevo mandatario. La influencia política solo es legítima cuando se traduce en bienestar tangible para el territorio que le dio origen.
