Sin ambages, me declaro totalmente opositor de la explotación de petróleo y gas natural a través de fracking (fracturación hidráulica, en español), no es para menos, a sabiendas de que múltiples prominentes expertos en este tema, han pronosticado que las reservas de petróleo y gas natural de la parte superficial de la tierra se agotarán a mediados del siglo 22; es decir, en 130 años. Tiempo suficiente para que las energías no fósiles (también conocidas como energías renovables) se desarrollen a plenitud.
Desafortunadamente, están aumentando los países que están acogiendo el fracking, a pesar del incremento de la escasez del agua y el cambio climático que produce la utilización de energías fósiles productoras de gases con efecto invernadero, además de otras sustancias contaminantes del aire que atentan contra la salud de la humanidad.
El fomento del fracking es una flagrante violación del Acuerdo de París, aprobado en 2015 para frenar y transformar la acción climática mundial, apoyando en la mejor forma posible a los países pobres y en desarrollo. Los países desarrollados firmantes de dicho acuerdo deben contribuir a financiar la mitigación y la adaptación en los estados menos pudientes.




