No sé si fue que a mi papá se le olvidó que tenía una mudanza afuera y a toda la familia metida en los carros de la caravana, o si fue por cortesía, al no saber cómo rechazar la invitación de pasar al kiosco de Guillermo Mosquera para saludar y conocer a las personas que le querían presentar, y viceversa. El caso es que se metió a la casa y nosotros nos quedamos dentro de los carros, esperando que saliera.
Tardó al menos una hora en salir y, de ahí, nos dirigimos hacia la casa de don Teófilo Castillejo, quien tenía un compadrazgo con Poncho Zuleta y era muy amigo de Mosquera. Una vez allí, nos invitaron a bajarnos; nos brindaron agua, café y refrescos. La hospitalidad de don Teófilo y de Dormelina, a quien por cariño le decían —y aún le dicen— Dorme, su esposa, nos hizo sentir en familia. Fue el primer contacto con la gente del pueblo y, a pesar del cansancio del viaje, fue como un bálsamo.
En una acción responsable y sensata, mi papá se despidió de los nuevos amigos porque ya estaba haciéndose tarde y El Retiro, haciendo honor a su nombre, quedaba «retirado» de la carretera principal. Iban siendo las once de la noche cuando salimos con destino a nuestro nuevo hogar. La carretera estaba bastante oscura y se podía ver, muy cerca, cómo el cielo se iluminaba con los relámpagos que anunciaban que en las cercanías había llovido.





