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El primer atraco; un destino inexorable en Valledupar

Hay experiencias que parecen inscritas en el tejido invisible del destino, aguardando en silencio su momento de irrupción.

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Hay experiencias que parecen inscritas en el tejido invisible del destino, aguardando en silencio su momento de irrupción. Entre quienes habitamos Valledupar, el primer atraco se ha convertido en uno de esos hitos inevitables: una ceremonia amarga, una marca de iniciación que nadie desea, pero que todos intuimos. No se sabe cuándo ni dónde, pero en algún punto de nuestras vidas, el oráculo sin piedad de la delincuencia dicta su sentencia y nos entrega —como si fuera un rito de pertenencia— el acta silenciosa de haber sido asaltados.

Fue un domingo apacible, de esos en los que la ciudad parece contener la respiración. Me dirigía con mi pareja a Muebles Jamar, con la ilusión doméstica de quien proyecta el futuro en una sala nueva. Nada más cotidiano, nada más humano. Pero en Valledupar, hasta la inocencia se ha vuelto un lujo peligroso. De repente, la escena cambió: el tiempo se detuvo, el miedo se hizo materia, y la vida quedó suspendida en un segundo donde todo se decide. Ver cómo se llevan lo que con tanto esfuerzo, sacrificio y esmero se ha conseguido —a cambio de conservar la vida— es un precio demasiado alto, una transacción cruel entre la razón y la supervivencia.

No hubo heroísmo, solo la súplica muda del instinto. Y al final, cuando el peligro se disipó, lo que quedó no fue solo el susto, sino la conciencia dolorosa de una verdad mayor; el atraco no fue un accidente, fue el cumplimiento de un destino muy probable, casi anunciado. En esta ciudad, ser víctima es apenas una cuestión de tiempo.

Valledupar se ha acostumbrado a la delincuencia como quien se acostumbra al calor o al polvo; una incomodidad perpetua que ya no indigna. Los mandatarios, con su permisividad y su retórica de cifras complacientes, han permitido que el crimen se convierta en un vecino más, en una sombra que transita libre entre nosotros. La delincuencia ya no es un fenómeno ajeno: es inherente a la ciudad, parte de su identidad más reciente, como el río Guatapurí o el acordeón. Así como todo vallenato recuerda su primera vez bañándose en el río o su primer vallenato escuchado al amanecer, también llegará el día —ineludible y brutal— en que recuerde su primer atraco.

No hablo desde la resignación, sino desde una tristeza lúcida. Porque aceptar la realidad no es rendirse ante ella. Aceptar que Valledupar está sumida en una crisis insondable de seguridad es el primer paso para pensarla de nuevo, para reconstruirla desde su herida. Fingir que todo está bien, repetir mantras de progreso y estadísticas de “mejoría”, es una forma de ceguera. Una sociedad que no reconoce su dolor, que lo esconde bajo comunicados optimistas, termina condenada a vivir de espaldas a sí misma.

No quisiera, como Tiresias, ser el profeta de un porvenir oscuro. Pero algo profundo se está pudriendo en el alma de esta ciudad. Lo percibo en la mirada temerosa de la gente, en el silencio cómplice de quienes ya se acostumbraron al miedo, en la indiferencia de los que gobiernan de espaldas a la realidad. Valledupar se ha convertido en una ciudad donde el valor de la vida se mide en el azar de un encuentro con el crimen. Y eso, más que una tragedia, es una forma de deshumanización colectiva.

Sin embargo, el reconocimiento del caos puede ser también el germen del cambio. Tal vez esta sea la oportunidad para que quienes amamos esta tierra decidamos reconstruirla desde el fondo, desde la verdad desnuda de su fracaso actual. Para que volvamos a hablar de seguridad no como un eslogan, sino como un derecho elemental. Para que algún día, el primer atraco deje de ser un destino y vuelva a ser lo que siempre debió ser: una excepción.

Terminé ese domingo triste, asustado, pero agradecido con Dios. No perdí la vida, ni mi pareja. Perdí cosas materiales, sí, pero gané una certeza amarga que me duele en el alma: en Valledupar, la seguridad se ha vuelto un lujo. Y mientras alguien no asuma la valentía de transformar esa evidencia en propósito, seguiremos siendo peregrinos del miedo, caminando entre el polvo y la sombra.

Quizás, muy al final, lo único que nos queda sea resistir con dignidad y pensar —como escribió Albert Camus— que “en medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”. Ese verano, en esta ciudad de contrastes, será la esperanza de que un día el primer atraco deje de ser un destino, y vuelva a ser un recuerdo improbable.

Por: Jesús Daza Castro.

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