“No gobiernes con el miedo ni el amor, sino con la ilusión. Haz que el pueblo sienta que domina mientras el poder siempre siga a tu lado”.
El eco de Maquiavelo en los regímenes seudosocialistas, es el principio fundamental del autoritarismo y la manera perfecta de manejar el entusiasmo con el hambre revuelta, y con las necesidades de un pueblo arrodillado a lo cotidiano frente a fogones encendidos con leña de gran poder de combustión, pero sin olla donde cocer alimento alguno.
El pensamiento de Maquiavelo y las prácticas de los regímenes dictatoriales coinciden en su visión instrumental del poder y en la aceptación de que la moral puede ser sacrificada por la estabilidad política. Los regímenes modernos se refugian en un discurso igualitario que termina siendo máscara y engaño. La lección es clara: el poder sin ética puede sostenerse por un tiempo, pero la sociedad, tarde o temprano, revela las contradicciones entre el discurso y la realidad.
De la fragilidad humana, Maquiavelo, con la crudeza de quien observa sin velos, nos recordó que el hombre no siempre camina tras la virtud moral, sino tras la necesidad y el miedo.
Decía el florentino que, “si no se puede ser ambas cosas, es mejor ser temido que amado”. He aquí la melancolía de la política real. Los pueblos, en su anhelo de justicia, terminan muchas veces abrazando líderes que prometen redención y solo entregan cadenas más finas, pero igual de pesadas. En los gobiernos seudosocialistas, el miedo se convierte en alimento disfrazado de disciplina, de seguridad o de defensa de la revolución.
Para Maquiavelo, la virtud no era bondad, sino fuerza creadora para torcer el destino. En los dictadores modernos, esa fuerza se confunde con astucia propagandística: transforman la miseria en epopeya, la escasez en resistencia heroica y al enemigo invisible en la razón para la unidad. Al invocar la justicia social, reducen al pueblo y lo convierten en sombra obediente.
Maquiavelo advirtió que el poder no debe provocar odio excesivo, pues el odio es semilla de ruina. Los gobiernos seudosocialistas, en su afán de eternidad, olvidan esa advertencia. La represión y el desencanto engendran un rencor que ninguna propaganda consigue silenciar.
Al final, se olvidan de que el poder es moral, el poder es humano, y por eso este se debe usar con juicio. Los regímenes seudosocialistas, en cambio, prefieren ofrecer espejismos: visten de ideales lo que en realidad es hambre de dominio. Pero la mentira puede sostener un reino, nunca un pueblo.
Para Maquiavelo, la ilusión no es un engaño vulgar, sino el arte supremo de la política. Así, la ilusión es el espejo donde el pueblo ve reflejada la virtud que anhela, aunque detrás de ese espejo habite la astucia o la violencia, la indignidad o la apariencia, la maldad o el odio piadoso, la mala fe o el crimen organizado. La ilusión finge piedad mientras calcula con frialdad y no trata con la verdad.
Estos regímenes solo son dictaduras con máscara, y se disolverán en el mismo polvo que aquellos príncipes olvidados. Para los que se creen reyezuelos, amos y señores, la ilusión es un velo que cubre la crudeza del poder, artificio necesario para que la política conserve la falsa apariencia de nobleza; para los dictadores, por ejemplo, es la gran verdad que el pueblo necesita creer para aceptar el peso de dominio del miedo.
Aun así, olvidan que el miedo puede gobernar por algún tiempo, pero cuando el alma se rebela, ni el más alto palacio, ni el ejército más fiel, pueden contener la marea de la historia.
Al final, los himnos terminan en el olvido; las estatuas se oxidan bajo la lluvia; solo queda, apenas, la memoria de un pueblo que hubo de creer en promesas de justicia y despertó en la penumbra del miedo. Entonces no es posible erigir dictaduras en nombre de la utopía.
Todo gobierno que se cimenta en el miedo cosecha soledad. Porque el miedo, aunque somete, no abraza; y ningún sistema, por férreo que parezca, sobrevive eternamente al vacío de los corazones que prometió redimir.
Maquiavelo, en fin, si no es bien entendido, emborracha; y llega a ser muy peligroso un Maquiavelo borracho manejando el poder.
Por: Fausto Cotes N.





