Por: JOSÉ M. APONTE MARTÍNEZ
Los desplazados constituyen una clase aparte por el cúmulo de necesidades que tienen y la situación miserable en que viven, a pesar de que el Gobierno se preocupa por resolverles sus problemas, pero son apenas pañitos de agua tibia.
Viven mas limpios que “el culito del Niño Dios” o más quebrado que un bulto de canela y para tratar de mitigar sus necesidades, el Estado a través del INCODER les adjudica una parcela de 20 Has., de fincas que sus propietarios vendieron acosados generalmente por la violencia guerrillera y hacía varios años estaban abandonadas, no tienen casas, no hay cercas, los corrales no existen, arrastrojadas unas, montañas otras, y a veces convertidas en desierto en donde no hay una hebra de paja o una gota de agua, pero sus dueños contaron con la buena suerte de vendérsela al INCODER generalmente a muy buenos precios.
Les dan la parcela y a veces 5 o 10 novillas, que son terneras adquiridas a elevados precios con un toro comunal, pero en el transcurso de los 2 años que se requieren para que las hembras sean adultas y paran, éstas desaparecen, pues el pobre desplazado tiene hambre y necesidad y con un hijo llorando con la barriga pegada al espinazo lo menos que puede hacer es echar mano de lo que esté más cerca para resolver su angustia. No les den terneras, denle vacas paridas y de pronto el resultado sea mejor.
Lo posesionan en esa parcela para que viva de ella, pero tiene que limpiarla y eso cuesta plata, cercarla y eso es costoso, hacer casa y eso no se hace con la boca ni en el aire, arar para sembrar y donde está el billete para el tractor, comprar semilla costosa que no la fían, pagar por lo menos un obrero, que tampoco fía porque también está limpio, adquirir insumos que están carísimos y – en fin- eso es todo una tragedia y la mujer está al parir y los hijos pequeños no entienden cuando lloran de hambre.





