Todo plazo se vence y toda deuda se paga. Contra los nefastos pronósticos de quienes, en su mezquindad política, prefieren entregar la soberanía de la Nación, encarcelando injustamente a un presidente en un país extraño, antes que aceptar un gobierno de ideas y prácticas políticas diferentes que llegó al poder democráticamente, se cumplió exitosamente la cita del presidente colombiano, Gustavo Petro, con el estadounidense Donald Trump.
Muchos quisieron que el presidente Petro corriera la misma suerte del venezolano Nicolás Maduro, a quien se le vio rodeado de agentes de la DEA rumbo a Estados Unidos, bajo la acusación de narcotráfico y de la supuesta restauración del orden democrático venezolano; la primera afirmación con menos fuerza cada día y la segunda, solo un disfraz del verdadero interés norteamericano, fingiendo ser adalides de la democracia cuando en el fondo su propósito es netamente económico. Venezuela es el mejor ejemplo de ello.
Afortunadamente, nada de eso pasó; la reunión se desarrolló dentro de los márgenes que la diplomacia contempla y hoy nuestro país y su presidente quedaron fortalecidos en su dignidad de pueblo autónomo latinoamericano, demostrando que no hay que ‘bajarse los calzones’ ante los poderosos para alcanzar grados mínimos de respeto y tolerancia por las diferencias políticas.
Las primeras imágenes dan cuenta de un Donald Trump amigable, llamando al presidente colombiano por su nombre de pila, reconociéndole su grandeza y expresando su amor por un país que los huérfanos de poder colombianos se encargaron de desdibujar, pero que afortunadamente al parecer ya salió de su error y ahora sabe de la dignidad del presidente y de sus gentes. Siempre el pueblo superior a algunos de sus dirigentes.
Con la agenda internacional aún en curso, Colombia dejó de ser el convidado de piedra de todos los tiempos, solo autorizado para callar, sometido bajo el disfraz de la cooperación, concediendo y adaptándose al interés foráneo, sin margen a posturas ideológicas; hoy se comienza a construir un camino de reconocimiento, en el que nuestro país sea un interlocutor válido para las naciones extranjeras, protagonista de un diálogo gubernamental, académico y comunitario, en el marco de la política exterior de Estado y los intereses nacionales.
En este momento ya no importa si Petro fue quien llamó primero o no, o si disonantes voces insisten en que, al igual que lo han hecho ellos, fuimos a arrodillarnos ante el imperio; el hoy es de circunstancias económicas y políticas, imágenes y realidades de dos presidentes autónomos, con diferencias conceptuales, en un diálogo enmarcado por la soberanía y la dignidad.
Esperemos que la regularización de las relaciones binacionales comience a dar los resultados esperados, para que Colombia, en nombre de la lucha contra las drogas, no sea quien exclusivamente tenga que seguir poniendo los muertos y la esterilización de sus tierras campesinas; para que la ecuación mercantil con Estados Unidos no beneficie exclusivamente a los norteamericanos en nombre de un universo comercial agreste a nuestros intereses; para que seamos reconocidos en nuestra independencia como pueblo soberano, con potencialidades y limitaciones, y no despectivamente como el patio de atrás al que no se le presta atención. Esperemos a ver cómo se desarrollan los acuerdos. Fuerte abrazo.
Por Antonio María Araújo Calderón
@antoniomariaA





