Hace un par de días asistimos a un almuerzo con motivo del cumpleaños de un familiar. Compartíamos la buena comida mientras sonaban como fondo musical varias canciones relativamente nuevas de diferentes cantantes. Todo transcurría en absoluta calma, cuando de repente se posó a media cuadra de allí, algún carro, de esos que tienen un equipo de sonido tan potente que obligan a participar de su festejo a varias cuadras a la redonda. Sonaba una vieja canción de Diomedes Díaz; razón suficiente para que más de uno en la mesa comenzara a tararearla, arriesgándose a atragantarse y como tal, a la censura de ser tildado de mal educado.
Era tan penetrante la melodía, que alguno sin que lo notaran, silenció la música de fondo para dedicarse a escuchar la que venía del exterior. Nadie lo desaprobó; por el contrario, casi todos se balanceaban al ritmo de la melodía invasora. Fue entonces donde notamos cuánta falta sigue haciendo Diomedes Díaz, cuánta nostalgia expresa la gente cuando escucha sus canciones. Eso hizo que hoy decidiera dedicarle mi columna al Cacique de la Junta quien a pesar de haberse ido, hace más de ocho meses, aún sigue siendo insuperable y determinante a la hora de hablar de vallenato.
Este genio de la cultura, era capaz de romper cualquier paradigma para imponer su propia lógica, pues extrañamente y sin renunciar a su origen de campesino, impuso patrones en la forma de hablar, porque sus expresiones fueron replicadas en todas las esferas de la sociedad que en cada anuncio verbal de Diomedes permanecía atenta para reiterar la dinámica de la lengua que cambia cuando alguien con el suficiente capital simbólico se atreve a romper el paradigma establecido para subvertir el orden e imponer otra lógica lingüística en la que al adagio y el refranero popular toman vida sin importar el sustrato lingüístico en el que se desarrolle.





