COLUMNA

Destino, Astrea

Un viaje a Astrea en 1982 revela un mundo de abundancia alrededor del río Cesar, donde la bonanza pesquera y la hospitalidad de sus habitantes marcaron para siempre los recuerdos de infancia del autor

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A la siembra de algodón se le habían dado los santos óleos porque no existía ninguna posibilidad de que se volviera a sembrar en las tierras de Los Venados. Así que mi papá le hizo caso a su eterno administrador, Gil Barrios, de ir a conocer tierras en Astrea, que para entonces ya tenían fama de ser buenas para la ganadería. Así que, un buen día fuimos; y digo fuimos porque, como ya les había contado, yo era de los que armaban viaje sin haber sido invitado.

Como en el mes de junio del año 1982, agarramos carretera rumbo a Astrea. Debo confesarles que para mí fue un largo viaje; además, parecía que hubiésemos salido de ese pequeño mundo entre Brasilia y Los Venados, a lo sumo Bosconia y Valledupar; ah, y Tenerife, donde íbamos a visitar a los abuelos maternos. Pero para esos lados era terreno inhóspito, inexplorado, toda una aventura.

Una vez en Cuatro Vientos, tomamos la vía que va hacia El Banco, Magdalena. En ese entonces estaba destapada y cubierta con una capa de piedras, lo que permitió que mi papá acelerara su nueva camioneta a todo lo que daba.

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