COLUMNA

Dejen a los niños ser felices

La evidencia en psicología infantil es clara en esto: el juego no es un lujo secundario frente a una emergencia, es una herramienta real de recuperación emocional

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Cierra los ojos un segundo y piensa en el primer juguete que de verdad quisiste en tu vida. Ese que pedías en cada cumpleaños, el que llevabas a todas partes, el que de alguna forma se volvió parte de quién eras cuando eras niño. Ahora imagina que, además de perder tu casa, tu colegio, tal vez a alguien que querías, también perdiste eso. Que un temblor de la tierra se llevó, en segundos, hasta el último rincón donde jugabas tranquilo. Eso es lo que están viviendo hoy miles de niños en el Chocó y el Valle.

En medio de los escombros de Buenaventura y Quibdó, hay una escena que se repite en cada desastre que ha vivido este país: niños que, apenas unas horas después de perderlo todo, encuentran la forma de volver a jugar. No porque no entiendan lo que pasó, sino porque el juego es literalmente uno de los pocos lenguajes que un niño tiene para procesar lo que no puede poner en palabras. Un niño no se sienta a hablar de su trauma como lo haría un adulto en una terapia. Un niño lo patea, lo lanza, lo convierte en un partido de fútbol en medio de la tierra removida, porque ahí, por un rato, vuelve a ser simplemente un niño.

Por eso, cuando vi los videos del presidente Abelardo de la Espriella repartiendo balones de fútbol a niños afectados por el terremoto en Buenaventura y Quibdó, mi primera reacción no fue de indignación. Fue de alivio: en medio de tanto dolor, un balón puede ser para un niño el primer momento de normalidad en días. La evidencia en psicología infantil es clara en esto: el juego no es un lujo secundario frente a una emergencia, es una herramienta real de recuperación emocional.

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