A más de dos mil metros bajo el Magdalena Medio, en una formación llamada La Luna que se extiende entre Santander, Antioquia, Bolívar y Cesar, hay una riqueza que Colombia ya midió, ya estudió y todavía no ha tocado: 2.400 millones de barriles y un volumen enorme de gas, identificados tras quince años de trabajo técnico.
Lo que el país decida hacer con ellos no es un asunto de petroleros. Es la diferencia entre un municipio que recibe regalías para su acueducto y su colegio, y otro que se queda esperando. Entre un joven ingeniero que trabaja en su región y otro que termina buscándolo afuera. Entre pagar el gas con dólares que salen o producirlo aquí con dólares que entran.
La buena noticia es que, por primera vez en mucho tiempo, la conversación energética mira hacia adelante. El presidente De la Espriella tomó desde el primer día una decisión que requería carácter, Luis Felipe Henao señaló desde la Junta Directiva de Ecopetrol el camino de los yacimientos no convencionales y la Unión Sindical Obrera lo respaldó. Cuando coinciden el Gobierno, la junta y los trabajadores, algo importante se está ordenando.





