Cuando surgió el concepto “democracia” como la mejor forma de gobernar, también nacieron los impostores, esto es, hecha ley hecha la trampa. Hoy, en todo país donde se realicen elecciones, se dice que es democrático así no sea el “gobierno del pueblo y para el pueblo” y se cometan todas las violaciones posibles en nombre de este precepto vital de la humanidad.
La seguridad democrática que nos vendieron como la panacea institucional no fue más que un artificio para engañar a los incautos. Su indicador era el número de muertos entregados a los medios como pábulo de consumo diario y como requisito de ascenso en las fuerzas militares y policiales.
El repudio a una guerra prolongada librada entre diferentes fuerzas irregulares contra el Estado y otras en contubernio con este en contra de la ciudadanía, les daban aprobación irracional a estos hechos terroríficos de sangre, despojos y miedo, la gente aceptaba todo con tal de conseguir la paz; la impresión casi general era que teníamos un presidente redentor, este sí, un mesías que impartía directamente la orden a los uniformados de recolectar litros de sangre. Así se hicieron muchas guerras religiosas, a veces por no compartir un dogma, al contrario se le eliminaba; el monje Arnoldo Almarico, por orden del papa Inocencio III, dijo a sus hombres: “mátenlos a todos que después el Señor verá cuáles son los suyos”.




